Poemas

Esconderse

La prueba
de que todo está vivo
es que todo se esconde.
El deseo de tocar se esconde del cuerpo
y cada cosa
hace escondite con el nombre,
la vida corre
riendo de lo que la mata
y el amor se esconde del amor.

Todo se oculta de lo que lo desea

Hay una hora de la noche

en la que siempre
se queda uno solo,
triste de solo
y tranquilo de único.

Hay una hora
en la alta noche
en la que todo se funde
y no hay escapatoria,
ni escondite,
ni no estoy,
ni no cuenten conmigo

Escrito desde el purgatorio

Mis huesos desnudos
no son necesariamente una mala señal,
es probable que en el afán de mostrarte
el color de mi alma la sonrisa desfigure en mueca.
Apuesto que no me has visto por la calle
con mi paraguas negro y mis libros en la mano;
cuando me veas, obsérvame bien,
pues pueda que yo sea uno de los tantos zombis
que habitan esta ciudad  y cualquier madrugada
peques por necrofilia.

Unas líneas para Rimbaud

Niño desobediente, te despojaste de todo, de todos, no amaste a nadie y tampoco nadie trató de entenderte nunca. Sólo dejaste esa estela de luz que precede a algunas estrellas y que apenas podemos ver por un momento.

Dónde fuiste a dar, a una porqueriza a comer con los cerdos o a una plaza vacía a gritar con los ángeles. Qué bella melodía tocaste aquella noche, nadie ha podido volver a tocarla jamás después que te rompiste el violín en la cabeza.  

Un poeta

Poco importa que perdamos al poeta
si salvamos la poesía.
Henry Miller 

Cartas de Mandela desde la isla de Robben

I

Esta noche he recordado los días de mi infancia.

Fueron días felices los días en Qunu; la brisa que jugaba en la copa de los árboles acariciaba mi cara  y yo empezaba a soñar: una gran fiesta tenía lugar en la pradera, todo cobraba vida en ese momento, las piedras y el agua cantaban con esa melodía triste que caracteriza a los negros de África.

Cuando despertaba, todas mis ovejas habían escapado, yo corría tras ellas con toda la fuerza que me permitían mis cinco años.

Antes de la llegada del hombre blanco, todos los hombres eran libres.

II

Balada de la deseada muerte

La muerte seduce el hilo de sangre
que asoma por mi frente.
Atravieso  el patio florecido de jazmines,
aprendí a encogerme y a estirarme
como el gusano por entre los laureles.
Reducida a hoja sobrevuelo la noche
y junto a los pájaros muertos
me desgarro en el follaje.
Triste por no encontrar
suficiente tierra para mis huesos,
vuelvo a entonar esta canción,
como la última canción que cantan
los marineros en la alta noche. 

La estación dolorosa

Vivo en un lugar lleno de árboles y vacas, y mujeres con niños en sus brazos que caminan largos trayectos buscando un poco de leña, un poco de agua, un poco de leche; mujeres hechas de viento, de madera gastada y de sed.
Mujeres que amasan el barro del desamparo en sus costillas y encienden sus lámparas con el aceite que brota de sus muslos.

Metamorfosis de la muerte

Todos los lunes voy a un lugar donde el cielo pesa y recorro viejos caminos que el invierno desfigura.

En el trayecto dejo regado todo el dolor y todo el hastío que me producen una vida mediocre. Una, dos, tres horas para llegar a mi destino. ¿A quién se le ocurrió llamar destino a cualquier lugar al que se llega?

Sólo sombras me esperan en este lugar, y una habitación invadida por el muerto que pone ceniza en mi labio cada noche.

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