Poemas

La gran nevada

Primera nevada temprano esta mañana. El ocre,
          el verde
Se refugian bajo los árboles.

Segunda, hacia el mediodía. No queda
Más color
Que las agujas de los pinos
Que también caen, más tupido a veces que la nieve.

Después, hacia la tarde,
El fiel de la luz se inmoviliza.
Las sombras y los sueños tienen incluso peso.

Un leve viento
Escribe con la punta del pie una palabra fuera del mundo. 


Editorial Pre-Textos (2007)

La luz de la tarde

La tarde,
Esos pájaros que se hablan, indefinidos,
Que se muerden, luz.
La mano que se ha movido en el costado vacío.

Desde hace mucho inmóviles.
Hablamos bajo.
Y el tiempo nos rodea como charcos de color.


Editorial Pre-Textos (2007)

Una voz

Qué simples fuimos entre aquellas ramas,
Inexistentes, caminando al compás,
Sombra que ama una sombra, y el espacio de las
       ramas
Sin moverse ni quejarse del peso de las sombras.

Yo te había acostumbrado a sueños sin alarmas,
A los pasos sin mañanas, a días sin provenir,
A la lechuza en la breña, cuando cae la noche clara,
Clavándonos sus ojos de tierra sin retorno.

La noche de verano

I

Fuiste esculpida en una proa,
El tiempo te corroyó como si fuera espuma,
Cerró tus ojos una noche de tormenta,
Manchó de sal tu seno casi desnudo,

Oh santa, manos quemadas, que colorea
La adoración aún de algunas flores,
Santuario, de lo disperso y de lo fugitivo
Al fondo de los campos sembrados de herrumbre,

¡Cuánto sueño en tu nuca reclinada!
¡Cuánta sombra de hojas secas sobra las losas!
Se diría nuestro cuarto de otro año,
El mismo lecho pero cerradas las persiana. 

Duerme en la calle sin más materia que el horror

sin más título que el cuerpo roto.
Bordea su antigua casa
que ahora es un parque
como una huella que abre impúdica
la ciudad: Usme, los Laches, las Cruces,
garrapatas en la montaña.
Su pupila rastrea
un lugar en el abandono de la plaza.
Pregunta por el sol
pero el sol se acuesta débil
agujas de agua cosen su oscuridad

Verdor

Tiene tiempo de embriagarse frente al árbol
sonrisa desdentada, callos en las manos.
Ojos que cuecen bulbos en el calor de la mirada
brotes de hojas que son manchas
ebrias de ocaso 

Toda la tarde  
el rayo quema la pierna
pero su cuerpo no lo sabe.
Tantas noches ya bajo la nieve:
visiones agudas, soledad en llamas.

 No soporta la cama ni el carboncillo

Pinta la selva
en el pavimento
con las uñas 

Alejandra

valió la pena  venir hasta tu puerta
desde el trópico en otoño.
Recoger esos soles del suelo, muertos
remolinos
y yo con el frío entre el abrigo 
y tú con la sombra en el pasillo
del 5 Avenue Victor Hugo.
Alejandra
regalarte los destellos de invierno
en las noches en que pintábamos
un valle alebrestado de chicharras
una selva que también era tu madre
le feu glacé qui mord sa queue.
Verte fue instantáneo
Alejandra,  hija del tiempo

Amandine el rencor de estar vivo a tu lado

en ese verano en que los locos
te pedían un poquito de
algo
en tu plaza de San Felip Neri.
Me levantaba
y veía a tus locos desocupando la fuente 
y tú fumando 
como si te fueras a quedar plantada en la ventana

Amandine
esta cosa pegajosa que te quieres  arrancar  
la vida

Indira

I.

Indira ríe y se abre el día en su frente
todo fuego  fulge alebrestado fulge 
ardor  brasa marina es la cara de Indira
cuando ríe  también es una planta.
De pronto, en la torcedura de sus labios,
mi infancia
sueño poroso, tierra áspera lunar   
se asoma
y  roba los labios de Indira 
y roba sus dientes: espejos diminutos. 
Me aferro a su gesto
porque en el gesto de Indira está su madre: Rosa
y Rosa, sus manos, son mi niñez

II.

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