Poemas

¿Por qué la aguja...

¿Por qué la aguja en lugar del abrazo,
en qué círculo de qué infierno
residen el imposible desnudo,
la imposible dulzura? ¿Por qué
nunca el rastro del caracol sobre el vidrio,
el retorno del olvidado instrumento,
otra casa para la infancia,
el vuelo del colibrí antes de la noche?
¿Hacia dónde la imploración,
la analogía, el cansancio,
lo que sentí puro, libre, a salvo?
¿Nací yo de un vientre,
como todos? ¿Cómo llegué a él
si yo siempre carecí de piernas
y adelante la dilatada selva?

Desde el follaje...

Ah! le poéte écrit pour le vide des cieux…
Pierre Jean Jouve
 

De Amanecer en Lisboa con Oliverio

No había nada de qué hablar
Pero ella le escribía canciones tristes
Mientras él enloquecía cada día más
Sin ella

Ambos tenían mala fortuna
Se habían encontrado cuando no debían
Se habían amado como no debían
Se habían despedido sin admiraciones

La luna delgada se confundía con el humo de un cigarrillo inextinguible
Pero ni una sola lágrima
A la hora del adiós
No había palabras pero tampoco había silencios

El fondo del óceano

Tus huesos ruedan adentro de mis huesos
Más adentro de los míos con mayor violencia
Pero no es de los huesos que te hablo
No es de los huesos izados de las vorágines íntimas
No es de los huesos cuando se esfuerzan por ser llamas
Ni de la belleza hipnótica de la intemperie
Sino de la luna engendrada en las imágenes líquidas
Sino de los unicornios puestos encima y debajo
De las gomas de mascar estrelladas contra las mallas
Eres la más hermosa de mis muertas
Eres la más querida de mis muertas

El soplo

          El solplo
Que sale de la mano
Abierta
Toca la mano dichosa
Que toca otra
Donde arde la luna de los titanes

          Esa mano toca otra mano
Y ambas la palma
De la mano
De otra mano
De otra mano en que están despiertos
Los ojos
Las hojas rojas
Los cabellos

          Manos que se tocan
La punta
Para que brote otra
Otra mano
Más o menos laberíntica
Más o menos humo

Ángel de agua

Deja las piedras correr hacia el sur
Que la orgía nocturna
Sople por última vez
Que de súbito crezca la llama sanadora
No amenaces los trigales
No empequeñezcas los cuerpos
No desintegres las semillas
Enamórate de los rumbos inciertos
Que la risa camine de este lado
Que la bondad torne al corazón
Que la luna llena se hinche a su tiempo
Ángel de agua
Deja las piedras correr hacia el sur

Balada imperfecta del abuelo

He vuelto a la ciudad
En la que mi abuelo un día
Desafió al hombre que había mirado a mi abuela
Por demasiado tiempo

La forma como cortó su cuello
Y luego esparció los restos
A los gallinazos hambrientos
La recuerdan todos

Tampoco se olvida la mirada lluviosa de mi abuela
Que quieta bajo el umbral de la casa
Despedía a su hombre que nunca volvería

Pasando cerca del fuego

Pasaba cerca del fuego en la sala vacía
De postigos cerrados, luces apagadas,

En el señuelo del umbral

Golpea,
Golpea para siempre.

En el señuelo del umbral.

Contra la puerta, sellada,
Contra la frase, vacía.
En el hierro, despertando
Sólo a estas palabras, el hierro.

En el lenguaje, negro.

En el que vela inmóvil,
Su mesa colmada
De signos, de resplandores. Y a quien tres veces

Llaman, pero no se levanta. (…)


Editorial Pre-Textos (2007)

Un poco de agua

A este copo
Que se posa en mi mano, deseo
Asegurarle lo eterno
Haciendo de mi vida, de mi calor,
De mi pasado, de estos días de ahora,
Un instante simplemente: este instante, sin límites.

Pero ya no es más
Que un poco de agua, que se pierde
En la bruma de los cuerpos que andan en la nieve.


Editorial Pre-Textos (2007)

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