Poemas

La felicidad del odio

Creí ver en tu sombra
un animal dormido: somos hermanos
mutilados
del hambre y la tecnología.
Así la historia: nada nos queda
más allá de este odio cuyo calor
establece las distancias
necesarias
con la muerte.
Es algo similar
al carnoso paladar
del místico
ante la nada: la almendra del vacío.
Odiar, por ejemplo,
el peso de la estatua
sin la cual el espacio
no sería espacio. Odiar
sin temor
el sonido de la hierba
mientras un cuerpo leve
la pisa. La felicidad del odio

Breve historia del bodegón

La muerte toma siempre la forma de la alcoba
que nos contiene.
Xavier Villaurrutia

 

1.
 

Una botella sobre la mesa y junto a ella
un rollo de papel de cocina.

Valorar los vacíos que el espacio abre
en la composición visual de la página,

como si la página fuese
la superficie rectangular de un cuadro, o bien,

dedicarse a anotar las palabras, las sílabas, las letras,
todo aquello que en condiciones normales

Odias la poesía

(Gamoneda revisitado)

Odias la poesía, dices, pero me amas,
y entonces recuerdo aquello de «la justicia
de las cosas, es decir, la poesía de las cosas»
y reímos mientras acaricio tus pies
pequeños y perfectos, y olisqueo tu nuca
que huele a arena, perfume y sal. Cierras los ojos
y suspiras.
Luego, ya en la cama, busco de nuevo tu aliento,
esa breve señal entrecortada de tus hombros
—la piel en guerra—
que me hace saber que tu cuerpo y el mío
comulgan húmedos y exactos al fin.

El agua, de arriba...

El agua, de arriba y de abajo, se reúne,
entre alas y ramajes, dispuesta a ser bebida;
el barro, que acabará siendo fruto,
todavía dormita indiferente al borde del camino.
¿Qué vibra en la hierba, qué se ciñe
al grosor de la antigua profecía en tubo,
fino conducto abierto en la trama
de tierra y cielo, suma de fronda y bandada?
¿A qué llamar hermoso, a qué erróneo,
dónde sopla el Este, con qué retardo o premura
si el viento parece venir de todas direcciones
y, en su espesor y altura, algo parecido al sueño

¿Qué busca el pez...

¿Qué busca el pez en el fondo? Revuelve
con su trompa el barro. ¿De qué luz
dispone, allá abajo? ¿De qué luz
dispone si hasta allá abajo no llega
ni un poco de luz? Escarba,
en lo profundo, en lo oscuro,
en el silencio. ¿Qué busca,
qué cosa busca, allá
en el fondo, sin luz que alumbre,
donde no se sabe si es día
o noche, bajo
el peso del mar que lo aplasta?
¿Tiene ojos? ¿No los tiene,
es ciego? Revuelve,
escarba, en el barro.
¿Qué busca? ¿Busca algo?
¿ O sólo es costumbre,

Humo, hojas...

Humo, hojas, humo de las hojas
que ardían, en el mediodía fugaz, eterno.
Allí, entonces, dijiste y dije,
como si el último juicio se acercase
y quedara sólo una última instancia
antes del trueno y la trompeta.
Dijiste: Todo esto es un mal sueño,
muslo de niño traspasado por el filo de una sombra.

Dije: Pero, ¿y la huella de los pies
en el barro, las tazas llenas
que nos aguardaban, las sábanas vacías,
que nos aguardaban, horas
en que, húmedos y desnudos,
fuimos el reverso del ángel,

La amada le dice...

La amada le dice algo al amante en el oído.
El amante le responde con una sonrisa.
La escena transcurre lejos, tan lejos que parece que la soñáramos.
Tal vez la soñamos mientras afuera es de noche
y en todas partes se abren ojos que fosforecen.
Sueño o no, tiene que haber una casa
donde ellos habitan como habita en ellos el deseo.
Creo adivinar qué le dice la amada al amante.
Palabras que harían huir a Dios si las pudiese oír
y atraería a los dioses como moscas a la miel.
Pero fuera de ellos ninguno es digno de esas palabras.

Cobra...

Cobra. Mamba negra. Víbora de Russell.
Amanita muscaria. Amanita phalloydes.
Hierba mora. Buccino. Morena. Viuda negra. Escorpión.
Tarántula. Abeja melífera. Oruga gato. Avispa.
Lamprea. Salamandra. Sapo. Medusa.
¿Quién osaría comerlos,
dejarse tocar, picar, morder por ellos?
Nadie. No parece haber para ellos bendición alguna.
Perduran al sol, bajo la lluvia.
No sienten, ni tienen culpa.
Y, tal vez, porque todo es intrincado y secreto,
de algún modo, por ellos, y no por nosotros,
el cielo se azula, el día se hace.

Lo supe por tus manos...

Lo supe por tus manos, una noche con sol:
la raíz del ciclón, del escondido temor de la turba,
del luminoso deseo del pez que nada río abajo;
comprendí, entendí por fin, no
fueron en vano el sudor, el desnudo,
ni en vano fueron el cimiento de la casa,
la ventana hacia los acantilados,
la unión del alcohol y el azufre,
el paso de las horas en papeles y tapices.
Verde y bermejo, preciso
entre el fluir del agua, a salvo
en un amplio golfo,
prolongado sueño que no desmaya,
aceite que en la lámpara no se consume.

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