Poemas

El joven habla en el umbral

Hagan sonar más fuerte las campanas
que ya se acerca la hora
y aún no vienen los demás
y la mesa está servida
y no podemos dejar los alimentos
secarse al sol, abandonarlos
a los animales.

Que suenen más fuerte,
no importa que las copas estén rotas,
que se angoste el agua en el cuello de las botellas
y no tengamos con qué vestirnos de fiesta;

que suenen más fuerte las campanas
por las cosas que no se cumplieron,
por lo que se perdió y se dijo
durante ese largo silencio.

Estación

Era alta la bóveda.
De un lado a otro las vigas
se doblaban sobre sí mismas,
sostenían el peso extendido del acero
que cubría la llegada de los trenes.
Cientos de personas
caminaban por esa entraña de metal
que se abría a la violencia de las máquinas.

Las farolas colgaban sin mecerse.

La grulla

Nunca había visto una tan cerca.
Cuando la encontré escondida en el bote,
a la orilla del agua,
todavía sus ojos iban de un lado hacia el otro,
como si mirar fuera una forma de moverse,
de salir de ahí.
Tenía las alas rotas, y su largo cuello,
elegante como los juncos,
sólo insinuaba algunas plumas y estaba cubierto de lodo.
Las hormigas ácidas, rojas, comían de la carne abierta,
de la sangre de ave que manaba del costado.

El pan mojado como injuria

Migajas de mandil,
talle de miriñaque, ¿tanto importaba el pan?
Hábitos:
renegar, condenar, despotricar.
Con mandobles de garrote
golpeabas
            el perímetro de la postración.
Así empleabas el remanente articulado.
El aire no padece,
             tu ira en vano.

Siempre te servía cena, tajadas,
latillas, sobras que apurar,
te traía las cosas del ganchillo,
el peine, los yogures, los smacks,
tu neceser de hidratantes.

En cada losa un rastro urético.

El cielo y la tierra son belfos

El día es de color jamón por fuera
y hay nubes saburrosas
sobre el lugar desmurallado.
El sol, proléptico, colea
y la calle rebosa especies
cuyos orines no drena el alquitrán.
La bendición es indistinta, en masa.
                El polvo, superior jaez.
Es tan bonito que dan ganas
de patear lo moral bello,
os juro que hay, sin turno, espera mansa,
burros a las puertas del kebab.
Qué pintan los animales ocupando
la avenida
              cuando matanza es solo ya vocablo

El gran proveedor

¿Qué iba a saber de glúteos escorados
un médico del ochenta y seis? 

Pilar hubiera sido común nombre
pero las gónadas dijeron: «vas a vivir en punta».
No mienten las células cumplidas

y no hubo mascota nunca hubo.

Autorretrato

Rodé al año y medio por las escaleras
hasta el segundo piso.
A los seis casi me ahogo en una piscina.
A los siete me arrastró la corriente de un río.
Me golpearon con un palo, con la culata de un fusil,
con una tabla. Me propinaron un codazo en la cara
y otro en el estómago, rodillazos,
machetazos, fuetazos.
El perro del vecino me mordió un brazo.
Me cortaron una oreja haciéndome el cerquillo.
Noqueado. Abofeteado. Calumniado.
Abucheado. Apedreado.
Perseguido por sargentos en motor. Por dos cobradores.

Mi amigo camina hacia el silencio

Mi amigo decidió
que no iba a escribir más
estaba sentado en el metro
en dirección a su casa
tarde en la noche
cuando se dijo
que no más
que ya no es necesario
que uno sencillamente puede
dejar de escribir y renunciar
como uno de esos árboles
que en primavera se niegan a que
sus hojas broten
y eso hizo mi amigo
decidió que no iba a escribir más
y que cuando le viniera
el impulso
lo iba a ignorar
o mejor aún
iba aprovechar esa energía
para hacer otra cosa

En la Biblia no aparece nadie fumando

Pero qué tal si Dios o los que escribieron la Biblia
se olvidaron de agregar los cigarros
y en realidad todas esas figuras bíblicas
se pasaban el día entero fumando
al igual que en los cincuenta en que se podía fumar
en los aviones y hasta en la televisión
y yo imagino a todos esos gloriosos judíos
llevándose sus cigarrillos a los labios
y expulsando el humo por las narices
en lo que aguardan
por sus visiones o porque Dios les hable,
e imagino a David tocando el harpa
en un templo lleno de humo,

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