Poemas

Escriba sentado

No es necesario que cuentes nada:
puede leerse en tu piel el paso del tiempo,
la sorpresa del amor en tus ojos,
la de la muerte
en las palabras que no escribiste.

Cumpleaños

Dormía y el viento me ha dicho: Despierta.
Toda la noche sonó la cítara: ahora oigo
sus pasos felinos emprender el camino.
Todos los amigos se han ido ya, uno a uno.
He soñado con un río y un espejo de plata.
La vida me ha llevado por caminos extraños.
La cabeza me dice: tienes un año más.
El corazón: son diez los años que han pasado.
Bebo un trago y el vino me susurra:
eres veinte años más joven.
Hago la cuenta y lleno de nuevo mi copa.

Balada del mar de Adra

Mar de Adra No eres el mismo mar de mi infancia
No jugué en tus playas de arena negra
No conozco el viento que agita tus palmeras
No sé qué luz es esa intermitente en tu horizonte
ni qué coches estos que cruzan veloces hacia lo desconocido

Mar de Adra No llegué a ti por voluntad propia
Aunque esté solo Aunque ahora te hable

Café Atlántico

Un viejo café colonial frente al puerto
de una ciudad a la que vuelves, mas no regresas
—no hay ningún recuerdo que haya permanecido
salvo la lluvia de una tarde por lo demás ya lejana.
Hay al lado un British Bar pero esto no es Lisboa
y las agujas de todos los relojes corren en la dirección cierta.
Hace un año escribiste aquí, bajo el volcán, versos
que hubieran podido ser los últimos.
Haces recuento: nada ha ocurrido desde entonces
que justifique el arrepentimiento. Hoy la has conocido

El invierno en Llanes

Mi abuelo me había hablado de estas cosas: el invierno
no es la nieve, tan extraña en los pueblos de la costa;
el invierno no es sentir como la lluvia
te cala los huesos, es sentirla
penetrar por las mil cicatrices del alma,
muy despacio, inevitablemente. Es sentir
el frío no en las piernas al volver a casa,
sino en las yemas de los dedos
por cada tacto no recordado. En realidad
mi abuelo nunca me dijo estas cosas; o al menos
no me las dijo claramente, me las dejó leer
en el cansancio de sus ojos, o tal vez

Altamar helada - Una suite de haikús

altamar helada
en un punto alejado
unas briznas de hierba

 

la rueda de bicicleta
en la exposición
lo sabe hacer todo
 

joven
incluso la vaca gruñendo
me hace alegre
 

anochece
está gris oscuro el gris
aquel mercado de hoy no fue
 

un niño
y un adulto cartoon
 

luna llena
la próxima vez que te vea
faltará el vacío inutil
 

cocina
hormigón recién recalentado
nosotros
 

siesta inútil
no supe volar
 

cuando sonreía

es inmensa la casa,
una acuarela inconclusa.
inmensa la orilla del cielo,
la penumbra, la espera.
tengo frío en los pies
(como si tuviera zapatos de escarcha)

algo incitaba el aire cuando sonreía,
un dulce presagio,
un zumbido de pétalos.
pero eso no es más que un resplandor de la memoria,
indicios de los amaneceres que aún me besan los ojos.

flores imposibles

un ángel me prestó la voz para llamarte,
(a mí que las palabras me consumen)
sobre esta página en blanco, entonces, te convoco.

afuera llueve,
buenos aires parece una sombra
colgada en la memoria.
a pocos pasos,
un tren vuelve a emprender el viaje del espanto
y hay un silencio espeso de máscaras sin brillo
que disimula la herida como una burla de carnaval.

no hay nadie en los bares atiborrados de gente
ni en las multitudes de las plazas
ni en esas librerías colmadas de los días feriados.

crónicas de la ausencia

los días se destrozan idénticos,
cumplen deberes, buenos modales,
respetan reglas prescritas que destronan sueños.
las iglesias conservan su color intacto
mientras dios absuelve, en la penumbra,
otro asesino.
sólo los ángeles quietos de los cementerios
lloran en silencio los crímenes impunes

(te lo cuento como cuando hablábamos
en el refugio de paz de nuestro abrazo)

detrás de los umbrales

por estos días los trenes se estrellan
como astros,
nadie llega a tiempo.
una fila de adioses espera en los andenes
y en los baldíos florecen jaulas
para las sombras perdidas.

la espiral de las horas
devora el corazón
de los pequeños gestos de ternura.

sus ojos –siempre cerrados–
cuelgan de los balcones
como una bandera celebrando el desamparo.

los carteles siguen mudos
en la inmóvil mentira de sus letras.
se borran las veredas;
las esquinas apuñalan encuentros por la espalda.

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