Poemas

El agua, de arriba...

El agua, de arriba y de abajo, se reúne,
entre alas y ramajes, dispuesta a ser bebida;
el barro, que acabará siendo fruto,
todavía dormita indiferente al borde del camino.
¿Qué vibra en la hierba, qué se ciñe
al grosor de la antigua profecía en tubo,
fino conducto abierto en la trama
de tierra y cielo, suma de fronda y bandada?
¿A qué llamar hermoso, a qué erróneo,
dónde sopla el Este, con qué retardo o premura
si el viento parece venir de todas direcciones
y, en su espesor y altura, algo parecido al sueño

¿Qué busca el pez...

¿Qué busca el pez en el fondo? Revuelve
con su trompa el barro. ¿De qué luz
dispone, allá abajo? ¿De qué luz
dispone si hasta allá abajo no llega
ni un poco de luz? Escarba,
en lo profundo, en lo oscuro,
en el silencio. ¿Qué busca,
qué cosa busca, allá
en el fondo, sin luz que alumbre,
donde no se sabe si es día
o noche, bajo
el peso del mar que lo aplasta?
¿Tiene ojos? ¿No los tiene,
es ciego? Revuelve,
escarba, en el barro.
¿Qué busca? ¿Busca algo?
¿ O sólo es costumbre,

Humo, hojas...

Humo, hojas, humo de las hojas
que ardían, en el mediodía fugaz, eterno.
Allí, entonces, dijiste y dije,
como si el último juicio se acercase
y quedara sólo una última instancia
antes del trueno y la trompeta.
Dijiste: Todo esto es un mal sueño,
muslo de niño traspasado por el filo de una sombra.

Dije: Pero, ¿y la huella de los pies
en el barro, las tazas llenas
que nos aguardaban, las sábanas vacías,
que nos aguardaban, horas
en que, húmedos y desnudos,
fuimos el reverso del ángel,

La amada le dice...

La amada le dice algo al amante en el oído.
El amante le responde con una sonrisa.
La escena transcurre lejos, tan lejos que parece que la soñáramos.
Tal vez la soñamos mientras afuera es de noche
y en todas partes se abren ojos que fosforecen.
Sueño o no, tiene que haber una casa
donde ellos habitan como habita en ellos el deseo.
Creo adivinar qué le dice la amada al amante.
Palabras que harían huir a Dios si las pudiese oír
y atraería a los dioses como moscas a la miel.
Pero fuera de ellos ninguno es digno de esas palabras.

Cobra...

Cobra. Mamba negra. Víbora de Russell.
Amanita muscaria. Amanita phalloydes.
Hierba mora. Buccino. Morena. Viuda negra. Escorpión.
Tarántula. Abeja melífera. Oruga gato. Avispa.
Lamprea. Salamandra. Sapo. Medusa.
¿Quién osaría comerlos,
dejarse tocar, picar, morder por ellos?
Nadie. No parece haber para ellos bendición alguna.
Perduran al sol, bajo la lluvia.
No sienten, ni tienen culpa.
Y, tal vez, porque todo es intrincado y secreto,
de algún modo, por ellos, y no por nosotros,
el cielo se azula, el día se hace.

Lo supe por tus manos...

Lo supe por tus manos, una noche con sol:
la raíz del ciclón, del escondido temor de la turba,
del luminoso deseo del pez que nada río abajo;
comprendí, entendí por fin, no
fueron en vano el sudor, el desnudo,
ni en vano fueron el cimiento de la casa,
la ventana hacia los acantilados,
la unión del alcohol y el azufre,
el paso de las horas en papeles y tapices.
Verde y bermejo, preciso
entre el fluir del agua, a salvo
en un amplio golfo,
prolongado sueño que no desmaya,
aceite que en la lámpara no se consume.

¿Por qué la aguja...

¿Por qué la aguja en lugar del abrazo,
en qué círculo de qué infierno
residen el imposible desnudo,
la imposible dulzura? ¿Por qué
nunca el rastro del caracol sobre el vidrio,
el retorno del olvidado instrumento,
otra casa para la infancia,
el vuelo del colibrí antes de la noche?
¿Hacia dónde la imploración,
la analogía, el cansancio,
lo que sentí puro, libre, a salvo?
¿Nací yo de un vientre,
como todos? ¿Cómo llegué a él
si yo siempre carecí de piernas
y adelante la dilatada selva?

Desde el follaje...

Ah! le poéte écrit pour le vide des cieux…
Pierre Jean Jouve
 

De Amanecer en Lisboa con Oliverio

No había nada de qué hablar
Pero ella le escribía canciones tristes
Mientras él enloquecía cada día más
Sin ella

Ambos tenían mala fortuna
Se habían encontrado cuando no debían
Se habían amado como no debían
Se habían despedido sin admiraciones

La luna delgada se confundía con el humo de un cigarrillo inextinguible
Pero ni una sola lágrima
A la hora del adiós
No había palabras pero tampoco había silencios

El fondo del óceano

Tus huesos ruedan adentro de mis huesos
Más adentro de los míos con mayor violencia
Pero no es de los huesos que te hablo
No es de los huesos izados de las vorágines íntimas
No es de los huesos cuando se esfuerzan por ser llamas
Ni de la belleza hipnótica de la intemperie
Sino de la luna engendrada en las imágenes líquidas
Sino de los unicornios puestos encima y debajo
De las gomas de mascar estrelladas contra las mallas
Eres la más hermosa de mis muertas
Eres la más querida de mis muertas

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