Los de Clave

Laboreo en el jardín

Los albañiles
cavaron en el patio
buscando una tubería perdida.

Desde la zanja
brota un mohoso
aroma de eternidad.

Parece un sepulcro abierto
para este domingo agónico,
salpicado por flores marchitas
y maleza arrancada de raíz.

La residencia del depredador

—¡Cuidado! ¡Se soltó el perro!
Grita un hombre
en la puerta de su casa.

De súbito
los vecinos corren
azotan puertas
asoman a las ventanas.

—¡Se soltó el perro!
Repite el eco nervioso
del rebaño a la defensiva.

Con una maniobra
ensayada
el hombre eufórico
logra sujetarlo del collar
y lo encierra
dando un portazo.

No confiesa
cuánto le atrae
el desmadre del animal.

Antes del desayuno

Los reflectores de la burbuja
se encienden una vez más.
Todavía tiene aire.
Un fresco la refrigera.
Todos los dolores
parecen atenuarse
en el canto de las aves.
El escenario iluminado
nos impulsa al levante.
Los muertos han regresado
desde sus hábitats en el olvido.
La lengua —espada rústica—
todavía conserva parte del vigor original.
Las cicatrices del mareo de la vida
se esconden en la carne vulnerable.
La mirada asoma
a las puertas de este miércoles nefasto,

Creación

Jadeo en una noche de sílabas
entre sombras de lejanos murmullos
como parpadeos de luciérnagas,
borrosos recuerdos de los intrincados
jeroglíficos del techo.
La cómplice almohada quiere ser partícipe
solo atina a servir de sostén a la cabeza
que ahora pide más imaginación que cerebro.
No es instante de hoja en blanco que inmovilice
palomas ensangrentadas
ni de espasmos de lucidez que al marcharse
dejen una paz hueca, sin altibajos.
Frente a la pizarra que no obliga
bajo pena de muerte,

Compañía

Nacimos solos, desnudos,
desprovistos de habla
imposibilitados
para decir sí o no
frente al ser o la nada.
La primera palabra fue un grito
que llenó los mal inflados alveólos
y dijo de nuestro desamparo.
Paso a paso y de la mano materna
entramos a un mundo incierto
que sigue siendo extraño.
Otros nos dijeron que éramos,
les creímos a medias y partimos titubeantes
hacia nosotros mismos.
Poco hemos avanzado pero a lo lejos
vislumbramos compañías:
la poesía, la amistad, el amor,

Lección de gramática

La coma
ni siquiera en tu apetito
es necesaria,
basta que la simule
la pausa del verso.
¿Para qué un punto aparte
si siempre se habla de lo mismo?
Mejor los paréntesis
donde puedes meter lo que no cabe
en la conversación de cada día.
Gozas con las interrogaciones
dices algo y puedes desmentirte
o al menos revestirlo con la duda.
Si admiras algo
no tienes que enmarcarlo entre señales,
es tu culpa si no logras el necesario acento.
Los puntos suspensivos son amigos,
permiten tomar aire,

El reloj

Sol Colmenares llegó tarde a la repartición de la herencia del abuelo. Era la menor de sus nietas y su preferida. Luego de leer el testamento, le correspondieron algunas antigüedades. Una lupa rusa de cristal empotrada en un marco de bronce. Una balanza para pesar oro y un cofre alemán de madera oscura, que tenía varios cajones secretos y que el bisabuelo usó hacia mil ochocientos cincuenta como caja fuerte. Leído y releído el testamento, y sin más bienes que repartir, Sol se llevó el cofre y sus otras herencias para la casa.

Verso libre

Verso que te niegas a ser nombre
en la argamasa diaria del fraseo,
vocablo acostumbrado a ser misterio
en la voz huidiza de los muertos.

Tras la delgada costra de la luna
entreveo lejano tu designio:
empollar en el alma de los hombres
un dios de lo profano y lo divino.

Nombre que te niegas a ser verso
mientras el alma en pena te adivina
en la mirada oblicua de los pájaros
y en el vario gorjeo de la vida.

Siempre será tú mismo

Ante el nacimiento de Abril Aurora

El propio nombre obliga, nunca serás otro.
Llegará aquella firma a confirmarlo.
Pues descifrar el nombre, el nombre propio,
es sellar el destino y es negarlo.

Ya sea en ideogramas o alfabetos
Tu nombre te lo asignan desde el cielo.
Ese viejo vocablo es tan perfecto
Que es tu infierno y edén, tu cielo y suelo.

Tu nombre eres tú mismo, es el azogue
que mira a tus espaldas el reflejo
de aquello que proyectas en el rostro.

Tocar lo que no se ve

Si la palabra no alienta

si no nos es dado
comer de su pan
beber de su agua

doblemos mejor la hoja
del poema

y colocándola
como almohada

esperemos
el descenso
por gradas
de piedra

el arribo de la onda olvidada
el mudo susurro del agua

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