Extrañezas

Mi padre y la isla del tesoro

Recientemente una amiga me escribió y comentó lo mucho que lamentaba el deceso de mi padre. En vez de repetir los tópicos que se emplean en estas ocasiones, me habló de la mala relación que tiene con su progenitor y de que en el caso de que este muera, no podrá  recordarlo con el cariño y la admiración con que yo recuerdo al mío. 

Somaris

Somari

Neologismo inventado por Pereira para un poema breve, que tenga concentración verbal, anhelo de precisión, libertad formal, poliantea (no contenidos definidos) cierta leve insensatez y algo de humor.

Aunque los huesos duelan se debe andar
aunque el alma se parta
debemos recoger los pedazos
que sean estos trozos sanguinolentos
los que hablen por nosotros

Somari

Mientras haya amos
no habrá poesía

Somari

El talento
como la raíz
hay que mantenerlo oculto

En favor del poetastro

En Las falsas confidencias, Marivaux aconseja sembrar en todos los espíritus las sospechas que necesitamos. Una de estas sospechas necesarias es la que debemos provocar en el poetastro, induciéndole a que piense que lo juzgamos poeta. Cuando consigamos tal cosa, habremos respondido a una exigencia social y, qui­zá, hasta individual.

Hombrecitos

Descansaba en la arena. Se llevó la mano a la oreja para rascarse. Con cuidado se quitó un hombrecito que le vociferaba al oído. Lo puso sobre el dorso de su mano izquierda y con el índice de la derecha lo disparó. A siete metros lo observó caer y rodar; vio que se levantó y comenzó a correr anunciando con su mano diminuta futuras venganzas.

Correspondencia

Iba a despertar y le entregaron el sobre. Lo abrió; no contenía ningún escrito. El remite venía en caracteres desconocidos. Fue donde un paleógrafo, pues creía que podrían corresponder al griego del siglo de Pericles; la confrontación resultó negativa y, finalmente, un equipo de profesores concluyó  que no pertenecían a lengua conocida. No se atreve a quemarlo ni romperlo.

Permanecen en su nochero. Digo permanecen, porque dos veces más le han entregado un sobre justo cuando va a despertar.

Amigos

Envejeció con la tristeza de acompañar a los suyos a la tumba. El camino era el mismo desde su corredor, la pena siempre nueva. La pérdida de un amigo lo hizo enmudecer. Se sorprendió al verlo llegar y pensó que enloquecía. Se sentó. El Patriarca no le quiso hablar.

A la segunda visita le sonrió, y a la tercera le dijo:

—Acompáñeme esta tarde a las seis, que la dicha es tener con quien compartir la comida.

El amigo llegó puntual.

Desde ese día se les ve en el corredor a la hora acostumbrada.

La jubilación

Tenía 18 años al recibir el puesto. Desde niño había soñado con el ocio de la vejez. Fue trabajador ejemplar toda su vida. Ese viernes salió muy temprano a recibir su jubilación; hizo una larga cola de ancianos y recordó episodios de la juventud. Faltaban dos para llegar a la ventanilla y conversaba animado.

—El siguiente. —Llamaron.

Quedó en turno. Con el pañuelo secó el sudor de su frente. Escuchó una exclamación de sorpresa, pero no supo de dónde provenía.  Don Roberto dio un paso adelante cuando la ventanilla quedó libre. La señorita examinó los documentos.

De la torre

El cazador, echado en el suelo pétreo  del valle, sueña. Sueña un león enorme. Irritado comprueba en el sueño que su bestia apenas tiene forma. En un esfuerzo que estremece su cuerpo logra diferenciarle las pupilas, las cerdas de la melena, el color de la piel, las garras. De pronto despierta aterrado al sentir un peso fatal en el cráneo. El león le clava los colmillos en la garganta y comienza a devorarlo.

Del perro

Para colmo de males le cayeron más pulgas que nunca. Ya era bastante haber encontrado, de pronto, aquel tenaz obstáculo de hierro que se extendía a todo lo ancho y lo largo del café donde, a cambio de pararse ridículamente en dos patas y de menear la cola hasta creer que la perdía, le daban de comer diariamente.

Y sin embargo no fueron el hambre ni las pulgas, que no eran pulgas, sino sarna que le roía el lomo. Lo que le hizo echarse junto al muro áspero, envuelto en el aliento frío y salobre del océano, a morirse, fue el haber perdido de aquel modo su precioso nombre.

De Esperanza Venablos

Esperanza Venablos, esta viejecita carcomida, cerrados los ojos, las manos secas en la falda, sueña. No sueña con palomas, ni con gasas tenues, ni con el rubor pálido de una “puesta” que vio de muchacha. Sueña —pero no vayamos a reírnos— con un plato de humeantes garbanzos. Y, sacudiendo la débil cabeza, los nombra una vez y otra: “¡Qué garbanzos, Dios mío, qué garbanzos!”

Porque sucede que Esperanza Venablos no comerá ya nunca garbanzos. Hace quince años que no los prueba, y en todo lo que resta de la eternidad no los volverá a gustar nunca.

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