Autores colombianos

Casa de fantasmas

Me busco inútilmente en los espejos.
Verdad o mutismo, soy menos que  sombra.
La lección es esta:
Solo el olvido es la muerte.
Aquí están todos.
El fantasma de la guitarra,
Saco de trigo que se riega:
La garganta;
La sangre, confundido pájaro
Que busca un norte.
El fantasma del ventanal
Con su sombrero de oxígeno
Y sus venas de sangre azul
Lastimadas por filos de estrellas.
El fantasma de la pluma,
Palabra vegetal, bombillo solitario;
Por los renglones viaja su vista

La bienvenida

Descálzate de las hojas caídas y entra.
Traes en tus ojos tanto sur
Que se vuelven torpes mis palabras.
Busco en tu silencio lejanías,
Estaciones de trenes,
Arboledas que no atravesamos.
Tengo para ti dones sencillos:
Una fruta, la tarde, mi sonrisa.
Del adiós se regresa con un valor extraño.
En tus labios que tiemblan
Un brillo de gorrión se engalana.
Al fin encuentran mis manos tu talle
Que busqué por los contornos del sueño.
La cita se ha cumplido en esa canción

Tiempo

Y todo el engranaje real,
mortal y resurrecto,
voluble y trágico y voraz en los ilesos espacios de la física fluyendo
con su música de intriga y su espectáculo de pactos y de sexos
arrasando los espacios de las puertas y las bocas,
todo el alud antiguo de los ojos,
el cúmulo de carne acaparando la muerte,
todo el cortejo de los nombres
en las rutas silvestres de la arena circulando,
con la amplitud de la zozobra y la demencia
y la aturdente represión de los secretos,
la represión de los retornos,

Avance

Abran la sombra que llega,
el misterio sucesor,
la siguiente oscuridad.
Desde el impulso inmemorial llegamos todos
en la asfixia de la cósmica irresolución,
amoratados en el frío del orgullo que en las eras del ardor
fue superado por la vibración de lo inasible.
En el cortejo resignado, proseguimos,
y conocemos las múltiples máscaras del ego,
conocemos el alud dimensional tras la palabra,
la tormenta de la psíquica retrospección,
la guerra del instinto entre las vértebras.

Edipo

Aun en la serenidad,
en la perpetuidad de la confianza,
bajo el sacro juramento que resguarda el equilibrio del suspiro
en la estabilidad del mundo,
aunque el bagaje del ritmo haya afianzado los acordes,
y la continua evolución del tiempo no haya anclado en los estragos del frío,
la turbulencia oculta en el costado de los días
entrará con las violencias del rencor,
destrozará la gravedad en la estampida sorda.
Aunque el espíritu resista en la esperanza irreductible
y el ejército ancestral tienda su dique en la fragilidad,

Sumeria

Fue suficiente una noche anónima
alumbrada por los brillos antiguos del secreto
para que el pulso de las manos intentara eternizar
las convulsiones del espíritu.
Desde ese código do aborigen de los trazos explorarían
los suburbios del misterio y los silencios del nombre
hasta la máxima incursión,
aunque en el fondo levitarán las bestias de la última custodia.
Desde esa noche de Sumeria,
con las antorchas primeras del asombro,
emprenderían la escritura del abismo. 

Toda la historia

No hay fuga real, fuga posible,
entre la sombra y la luz
circula el cuerpo.
La cúpula azul cubre a la acción
y la extensión silente del vació a la sospecha.
No hay fugas aquí,
los colores están, no tienen grietas,
aparecen los cuerpos y retornan a las bóvedas del polvo
que no escapan a la tierra.
La rotación carga los huesos y el calor atemporal,
el fervor,
toda la historia.
La gravedad no tiene pórticos en su vapor limítrofe,
no abre su hidrógeno al espectro de los hombres.
No hay fugas aquí,

La profecía

En lo que es sin duda el más hermoso de los antiguos mapas de México, un cartógrafo escondió una quimera, un monstruo antropófago de grandes fauces y ojos saltones, disfrazado de territorio. Sus víctimas son engullidas enteras, y siguen viviendo,  sin conciencia de haber sido devoradas, en el interior del engendro,  donde han construido una inmensa ciudad  sobre un lago, y en torno de ella, otras siete ciudades, quizá para los embriones de la gran bestia. Pero los mexicanos, hasta ahora, no llegan a descifrarlo.

Hacia la realidad

Queríamos un mundo de amores en creciente,
una red de luceros abriéndose en lo oscuro.
Pero con cada encuentro venían los adioses.
Las uniones tenían vocación de fantasmas;
volvíamos a vernos cuando habíamos muerto.
Hoy nos toca saber y resignarnos:
ahora somos otros.

Un redentor

Los enfermos
ya respiran:
me han entregado
sus dolencias.

Los torturados
ya no gritan:
me han entregado
sus horrores.

Los moribundos
ya no combaten:
me han entregado
su agonía.

Todo el dolor del mundo,
todo el horror del mundo,
todos los males.

Y sigo en vida,
todavía. 

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