Autores colombianos

Bicicletas de carnicería

I

Si se pudiera mirar a contraluz el corazón de los melancólicos, aparecería la osamenta de veinte casas demolidas y un sietecueros que en un jardín inútil abre su flor morada para nadie. Al acercar el oído, sonaría la fugitiva ocarina del afilador y se vería con claridad el crecimiento del pasto entre los ladrillos y una sola puerta.

Oración por el zapatero

Por sus manos olorosas a pegante, precedidas por el protocol de la intimidación, cruzó nuestra infancia. En ese país profundo que se aloja al fondo de los zapatos, sus dedos intentaron corregir el error de sus actos.

Una clara noción de lo ausente. Una línea divisoria entre el uso y el exterminio. Una delgada balanza que inclinaba con obstinación su carga hacia el lado de la pérdida, caminaba con nosotros.

Zapatería

Al comienzo una tácita ley dictada por la infancia explicaba todas las cosas. De este modo, todas las furgonetas, así se llamaban entonces, que se quedaran varadas al lado de un parque, que sufrieran alguna avería irreparable en una calle cercada por desperdicios, de manera inmediata se convertían en una zapatería. Pero esa ley incluía una cláusula más drástica. Para cumplir su orden original, tenían que ser amplias como para transportar la primera remesa de carne del matadero, redondas sin discusión, y, sobre todo, tenían que estar pintadas de verde.

Oración anticipada por la muerte del carbonero

Parece que nunca llegará el día pero entonces, a sus pies, rodarán afilados fragmentos de carbón y un reducido grupo de pequeñas esquirlas se resistirá a abandonar el apretado reino de sus zapatos. Si buscan en sus bolsillos, si vuelven a buscar, encontrarán un puñado de diamantes renegados que caerán al suelo formando un hexaedro, una región exacta, iracunda y opaca, parecida al tono de su voz.

Repartidor de carbón

Como encontrar una barra de aluminio atravesada en la mandíbula de un buey. Como descubrir una breve cabeza de obsidiana en un arcón. Como mirar por una cerradura y ver un amanecer no merecido. Tan imposible como todo esto, tan melancólico y solitario a la vez, era ver aquel camión verde que con la puntualidad de un sacramento repartía cada mes el carbón. En la cuesta su esforzado corazón se anunciaba vociferante, moribundo, y se detenía al frente de la casa como si entregara agónico la noticia de la caída de la ciudad de Troya.

Cementerio de Suba

En la esquina del cementerio de Suba, que da a la carretera asfaltada, hay un pequeño lugar donde queman grandes coronas de flores. Solamente lo hacen dos veces al mes, por las tardes, cuando el viento cansado de agitar sus brazos no puede desenredar esa gruesa masa de humo, amarilla y sofocante, que se cruza y se golpea y se debate en un espacio que apunta al monte de la Virgen, donde se recalientan los motores y mueren atropellados los ciclistas. Las flores secas ya ceniza, ya dolor al aire, ya reconocimiento, saltan la tapia y manchan carteles que anuncian alguna misa de aniversario.

Génesis

Mientras Dios escribía
el libreto de la creación

Se le regó la tinta
y se hizo la noche.

Estuche de contrabajo

Es curioso ver cómo este hombre
lleva su ataúd a todas partes

He visto ataúdes que arropan el miedo
y los llaman casas
ataúdes que ahuyentan la intemperie
y los llaman trajes

Nunca un ataúd redondo
con un muerto que no ha muerto

Carpa de gitanos

Nunca tuvimos una

Cargamos paredes en vendajes
las cargamos lisiadas por el destierro

Somos una versión impecable de Caín

Nuestra carpa es el primer lugar
donde nace la ausencia
y el último donde muere el recuerdo

Buscamos un paraje dónde partir el pan
el lugar donde se aferran los ladrillos
será la tumba.

Espejo roto

Hace mucho tiempo
un niño inquieto
arrojó una piedra al lago

y se rompió entonces
el primer espejo.

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