Autores colombianos

Borodín

Le has visto sus ojos enormes. Su boca que al sonar es la tormenta y también la llovizna. Y has visto el arce sin hojas. El cielo limpio como jamás puede serlo el poema. La nieve resplandeciendo con un brillo que solo a ella le pertenece. Has recordado la fila que hiciste durante tantos días. El frío como un puñal clavado en la piel de la intemperie. Y aquella mujer que te reconoció entre el gentío. No hay mayor resistencia que el amor, te dijo. Ni otro escudo contra el miedo que la esperanza de una libertad distante. La mujer tocó tus manos.

Infancia

Soy de infancia.
Mi amor nunca creció.
Por eso llora
y es terco
y me amenaza con partir un día
cuando crezca y sea mayor
y grande
y libre.

Soy de lluvia.
Entonces bailo en los caminos
bajo el frío de estaño de las madrugadas de abril
cuando sus párpados
insisten en seguir soñando a mis espaldas.

Y él
es de sol.
Por eso es al mismo tiempo lejano y verdadero
y reina en mis precipicios y mis cumbres
y asola mis días
y alarga mis noches.

Soy mi cuerpo

Recuerda, cuerpo, no solamente cuánto fuiste amado
Constantino Cavafis

1. Todo en el pasado

Del camino

Si me desvela la promesa de su risa
esa que se desgrana en los arrecifes de mi último sueño
allí su sombra me sigue y no acepta mi recuerdo.

Vengo de un país donde no brilla más el sol
sino el cuchillo que aniquiló los cuerpos
y los volvió carne sin nombre bajo otros miles de cuerpos.

Pero traigo en mi mochila
los dibujos tejidos por los indios paeces con sus largos hilos
sus nudos y sus voces entrecortadas en mi memoria.

Juntos

Yacen ahora juntos. El niño parece protegerse. No quiere que el momento se vaya. Por lo pronto acerca su pequeña mano a la cabeza. Como si se concentrara para oír la dulce violencia. La cer­canía de la madre. Su sangre que aún reconoce. Y pide. Que esa , intimidad no termine, que tanta luz no divida ni aparte. Está con ella y parece decir, no hagan ruido. La dicha es un instante y en él nos tenemos.

Señal

Puede ser una brisa, la más dulce mano que el aire regala. Pero es ya ella. Y no debe ser yo quien diga que allí no se vuelve. La pequeña sonrisa. No puede haber nada que pueda alterarla. Será para el porvenir el agua que nos baña en un solo gesto.

Los guardianes

Hacemos un círculo para evitar el dolor. Los viejos dicen, no hay nadie que no sepa. Y celebran sus pausas. En el vientre la ma­dre lo ocultó y lo fue apaciguando. Por eso no nos sorprende tanto asedio. Y aunque sintamos que es más fuerte, terminamos abrién­donos. Acaso no habla un idioma extranjero. Crece en nuestras palabras y el niño lo endulza con su lengua clemente.

El gesto

Qué puede decir el poeta que ellos no hayan dicho. Los es­posos hablaron, compartieron su aliento para cubrir el amor. Se atrevió, cada uno, a pasar su umbral. De ese instante queda el trazo de una pequeña boca. Para sellar, ocultar para siempre la pa­sión y la pena. Bajaron la escalera y vieron la sombra de dios. Traía en sus manos al niño y lo puso en el vientre. Y los abandonó a la gravedad de un nuevo comienzo. Quedaron estremecidos con ese gesto. Y fue creciendo entre ellos el abismo del hijo. Qué puede decir el poeta que no hayan sabido ya los padres?

Las palabras

Ahora nos pondremos a esperar las palabras. Casi le roga­remos. Que diga algo, una sílaba que nos permita soñar que existimos. Y de pronto, ante el recién nacido, es como si ellas no respondiesen. Pero queda su marca y nos ponemos a seguirlas, tímidos sonidos niños en nuestras bocas. Y repetimos su nombre como si se enlazasen los vientos. Nos mira con perplejidad, celebra nuestros gestos. Nos inquieta tanta mudez y a la vez nos alegra la promesa de tantas voces juntas.

Oración por las bicicletas de carnicería

¿Quién será capaz de eliminar su intimidatoria lentitud de sepulturero, su traje de ujier, quién se atreverá a desafiar su desplazamiento de cobrador? ¿Quién corregirá su exceso de metal, su encarnación servil, quién votará por la supresión de su exagerada ineficacia? Por lo tanto y a la espera de un veredicto definitivo sobre su defunción, las bicicletas de carnicería aguardan, con su hermosa cornamenta apoyada en el suelo, las órdenes perentorias delante de las tiendas.

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