Autores colombianos

Copa rota

Volverás alguna mañana ya sin nosotros.
Vendrás desde una suspendida elocuencia.
Me vigilarás de lejos.
La misma seré pero sin nombre,
luchando por la arena y por la sal,
caminando en reversa por los orificios azules
mientras soporto el volumen de la palabra "nunca".
Volverás ciego y sin memoria,
mas yo no habré olvidado quién fuiste.
Recordaré estos días que corté en tres
la forma extraña en que me hice transparente
cuando los sueños violaron la tierra.

Hoja en blanco con corazón

Llegó la hora de tu poema.
Engranaje de ganzúas húmedas para tu noche en espiral,
espejo que te nombre y tú pongas la manta o el trigo.
Llegó esta tarde a pesar de su hueso de pez y sus dolores enfermos.
Llegó con el beso que guardamos en la página de un libro,
con tus ojos que tocan violín y con los míos que divagan  en tres lenguas.
Llegó la hora:
escucha estos ciento cincuenta verbos recién sembrados
mira qué bella para ti la letra ye y cómo te escalan mis cien vocales
Decir "te quiero" no basta

Del bien y del mal

Soy tan buena y tan mala, como una araña de dos cabezas. Y a veces,  tampoco sé lo que soy.
Soy del continente de los condenados y me crucifico cada mañana como debe ser.

Al mismo tiempo, tribus lejanas no saben que existo.

Cortan los cuerpos con delicada devoción, comen de su carne alrededor de un altar, le lanzan encima una señal bendita. Comulgan con la misma sangre que a mí me salva.

Manifiesto

Escribo para cometer incesto con palabras de mi carne. Para extraerles su furia amniótica. No necesito una mano que me sostenga, solo aspiro a un coágulo de tinta. Escribo a perpetuidad. Con varios corazones al tiempo. Descubro verbos de cuerpos elásticos. Le hablo a dioses en ayuno. Me estiro hasta magnetizarme, hasta repeler la sumisión de mis pies. A veces toco la hora más alta. Ahí no existen bolas de nieve ni terremotos, ni mujeres con cuchillos. Ahí no necesito lágrimas: las desgraciadas no pueden volar. Condenadas a caer a tierra junto con las aves del polvo.

Autorretrato

El lápiz del poeta se asoma
por el bolsillo roto

Viene de las calles
de la lluvia
y espera

Se cuelga de la chaqueta raída
y está listo para el canto

¿Cuánto tiempo más
seguirá vagando
sin gorjeo?

Ocioso
y gastado
asoma su punta

Mira el día gris
sin canciones

Carretera a la costa

¡La he vuelto a hallar!
¿Qué? ¡La eternidad!

A. Rimbaud

Partimos en un Ford 70
trompiamarillo
carrocería Pájaro Azul
lleno de viajeros

Mi padre va al volante
yo a su lado
Verás el mar –me decía

De niño la travesía demoraba
dos días
por carreteras destapadas
largos desvíos

y de trasbordo en trasbordo

Los choferes regresaban
con los rostros atezados por el sol
y sucios de polvo

El poeta da una vuelta al oficio

La poesía no tiene horario

La poesía se escribe no cuando uno quiere
sino cuando ella –la poesía– quiere
dicen

Esto me digo mientras camino
y pateo una piedrita
calle abajo
una y otra vez

la misma piedrita

Dios puede ser cualquier cosa
incluso una piedra en el camino
–dicen también

Y me lo digo como quien no tiene
para decir
algo inusitado sobre una piedra
que se patea en una calle solitaria

Hombre que pasa

El hombre que pasa y es sólo una mirada
¿de qué lugar viene
qué amigos frecuenta
por cuántos hijos ríe
de cuántos muertos vuelve?

El hombre que pasa y es sólo un gesto
¿qué oficio desempeña
qué moral defiende
a qué edad marcha en este intrincado camino
de mañana?

Yo lo veo seguir sin saludarme
sin despedirse
confundiéndose entre la gente después de ser yo
para él
lo mismo:
el hombre que pasa y es sólo una mirada

Víktor Ulman

Terezín tiene el relieve de un eczema. Él me lame y lo seguirá haciendo hasta que el tren pare. Y no habrá más viento en la agonía de la espera. Quizás el fuego se encargará de nuestros cuerpos. Seremos ceniza flotando en una tierra que nunca merecimos. Pero sigo vivo después del encierro. No reconocerlo es como si el horror me devorara del todo. Estoy vivo gracias a la música. Ella me hizo su elegido. Sus mensajes los transmití a los otros. Alguien me llamó aeda del infierno al saber que mi voz estaba sesgada de sonidos. El tiempo de herrumbre, en Terezín, lo enfrenté con ellos.

Granados

Mi madre escuchaba a Granados en las noches de su adolescencia. Fue ese el tiempo de sus sueños más queridos. Las Danzas Españolas le hacían desear una felicidad tenue. El amor para mi madre era un raro temblor. Y no el largo marasmo que vendría después. El piano le pronunciaba ese pálpito, cuando un radio en la cocina de su casa atrapaba las ondas en la noche. En el día, empero, ella hacía los menesteres del hogar. Pilaba el maíz. Lo molía. Hacía las arepas. Barría. Hilaba. Realizaba mandados. Después recitaba algunos versos de Rafael Pombo para el colegio.

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