Autores colombianos

Banco

Dedico al Banco donde siempre escribo

Ahora escribo sobre el apartado banco
De madera.
Quizá mientras escribo oigo su vida
Su estar que guarda las horas
Donde se aflige un libro.
Una fecha que descifra la línea deseada.
La ligereza de sus esquinas,
El anuncio al único lujo en tanto reposo.
Los cuerpos de la geometría están
Cargados de bordes que toca el odio
En los bancos quizá dejamos la
Constancia de las blasfemias,
Y las intrigas de la fé.

Beneficiadero

La fibra o cuadros
Donde montan el desenlace.
Los confinamientos de los mucilagos
Dibujan los logros,
Las vigilias del grano y de las cortezas,
Su entereza sobre la risa de la escalera,
"Función mental" de los ejes y la rueda.
Una respuesta reducida por los poseedores
De los zumos.
La atenta altura donde ruge el reloj sus límites
Todo lavado con la noche ante la cual
Fijan una estima de las cosechas.

La cerca

Que claven maneras,
Que alargan más el viento,
Alambradas donde invita la voz
De la distancia.
Los hilos o rayas soldando caminos.
Oímos el tiempo hollado en las cercas.
En un voluntario horizonte.
En el minuto cruzado sobre las
Dehesas.
Y la savia donde frecuenta el
Asombro de las cuerdas.

Un viento cálido

I

Entonces, madre se sentaba en la terraza.
La noche era un vasto paisaje,
un viento vestido de infancia.
Vacas, caballos, cafetales
punteaban el cielo antiguo
y llenaban de aroma a caña
la casa de patios solariegos,
este valle,
los nidos llenos de secretos.

II

Un viento cálido concebía el mundo.
Tus ojos,
lunas como espejos,
guardaban la campiña
palpaban la distancia,
la miel pujando desde el sueño,
la memoria agolpada en la tierra.

III

El junco

El cultivo de caña silba
profundo en la sombra.
Los tallos ciegos, solitarios,
escuchan la noche.

Las voces se apagan en la garganta.
Apenas un susurro se deja oír,
quizá, un nombre.
Nadie contesta,
no hay nadie.

Solitarios están los tallos de caña.
Solitaria la vida.
La noche llega y sólo queda
el murmullo dulce del viento.

Entrar al poema

El poema no da abasto con las palabras.
El poema no descansa
se sigue escribiendo
con los ojos cerrados
su lengua sigue atada a los juegos verbales
a astucias impensables
en la mitad de la página.
Las palabras hacen fila
en la puerta del poema.
Se agolpan
quieren entrar en manada
pero el poeta las frena
y empieza a llamarlas
en orden de lista
el poeta se reserva ese derecho
sólo se entra al poema con invitación.
Las palabras se cansan del tumulto
y se van: culpa del poeta.

Espera

Al poema se le agota el tiempo para escribirse.
El poeta se está durmiendo sobre la página. Que
el poema venga y se acomode para que el poeta
descanse. Que el poema no tiene toda la vida
para ser escrito. Que el poeta no tiene toda la
muerte para esperar.
 

Lo correcto

Si la palabra correcta no llega, no moriré
esperándola –dice el poeta mediocre–, abriré la
puerta a la más ágil o a la más torpe: cualquier
palabra llena más vacíos que el silencio. Pero se
equivoca. Si el silencio correcto no llega no hay
palabra que pueda reemplazarlo.

Derecho de petición

Vivir es una estafa. Nos depositan en el
interior del vientre y suponen que para llegar
sanos y salvos a la muerte pagaremos el precio
del dolor de caminar, de aprender a hablar y a
orinar, e incluso, que caeremos en la ridiculez del
amor. Vivir es una estafa. Que me devuelvan la
muerte.

Hendidura

Un surco poderoso se hiende en mí. ¿En qué
instante la tiniebla dispuso su acertijo? ¿Cómo
hilvanar la luz que se extravía? ¿Cómo expulsar
el silencio que quedó atrapado? ¿Cómo
apaciguar el aire alrededor de la herida o
restituir el hálito a los frutos de la sombra?

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