Número 25

Fecha: 
03/2017

La cerca

Que claven maneras,
Que alargan más el viento,
Alambradas donde invita la voz
De la distancia.
Los hilos o rayas soldando caminos.
Oímos el tiempo hollado en las cercas.
En un voluntario horizonte.
En el minuto cruzado sobre las
Dehesas.
Y la savia donde frecuenta el
Asombro de las cuerdas.

Soy

Soy uno,
con la suficiente tristeza en los ojos
como para deshojar un árbol
solo con mirarlo.

Tengo el horario absoluto
de un hombre que camina
sin tiempo ni distancia.

Y amo a la noche.
Sí, la amo como a mi alma.
Quizás porque mi alma sufre
de soles abandonados.

Soy uno.
Con el suficiente vacío,
para hablar de la soledad
en pronombre ausente.

¿Para qué sirven las palabras
cuándo no hay nada que decir?
¿Cuándo el lenguaje no alcanza para contar
lo indescriptible?

Noche de películas

Veámonos mañana donde siempre.
mi fantasma estará esperándote como todas las noches
en la esquina de tu casa.

Atrás de ese árbol cómplice
Que aprendió a ocultar mi espacio vacío
Mientras tú llegabas.

Prometo que voy a llevar mi cuerpo
para que no veas la soledad que me queda en el alma
al sentirte tan lejos cuando te abrazo.

Me pondré la camisa, esa con la que te gusta verme.
Lo bueno es que es de color negro
disimulará muy bien la sangre que brota del espacio
donde quedaba el corazón.

Monólogo de una despedida

¡Malditos zapatos!
¡Otra vez rotos!
¡No se puede confiar ni en lo que llevas puesto!

Como si al camino le importara que mis pies sangraran
cuando enfrento pasos desnudos de mapas
libres de minutos y horas.

Lo único que tengo
Y nunca cambia a pesar del acoso del tiempo
es esta sombra que refleja la luz de la calle.
¿Qué pensará mi sombra del cuerpo que le tocó?

Los caprichos del clima

Yo vivo en un verano constante
Y tú eres el invierno del que uno se enamora.
Como lo sabes bien,
dos estaciones nunca aparecen al mismo tiempo.
Porque o tus nubes pintan de gris el cielo
o mis acalorados brazos desgarran la lluvia.
Ayer leí el pronóstico del tiempo y decía:
“se avista en el horizonte, un tempestuoso adiós”.

Hogar dulce hogar

Las casas que se construyen hoy día
no son habitables para las personas
que requieren del olvido un favor.
Esas casas, son bóvedas hechas de recuerdos.

La sala y sus muebles, las cosas de la cocina,
todo ocupa un envidiable lugar
saben para qué están allí,
entienden que su labor es ser un eco silencioso.

Sus geométricos gestos
siempre tienen la cara de algo más.
Actores de una escena que se repite a diario.

Deuda

En la repisa de mamá hay un metro
que no deja de observarme.
Como sabio tibetano lo escucho recitar un mantra:
¡La estatura de un hombre, es lo que invoca el Seol!

¿Cómo hará esta masa blanca que sostiene mí cuerpo,
esta piel apretujada por la dolorosa materia
para pelear arrogante con el tiempo
mientras codicia una porción de eternidad?

Porque somos la metáfora que alude a un momento.
El rumor de un instante que se ríe de nosotros.

¿A qué distancia
estaremos de la muerte?

Un viento cálido

I

Entonces, madre se sentaba en la terraza.
La noche era un vasto paisaje,
un viento vestido de infancia.
Vacas, caballos, cafetales
punteaban el cielo antiguo
y llenaban de aroma a caña
la casa de patios solariegos,
este valle,
los nidos llenos de secretos.

II

Un viento cálido concebía el mundo.
Tus ojos,
lunas como espejos,
guardaban la campiña
palpaban la distancia,
la miel pujando desde el sueño,
la memoria agolpada en la tierra.

III

El junco

El cultivo de caña silba
profundo en la sombra.
Los tallos ciegos, solitarios,
escuchan la noche.

Las voces se apagan en la garganta.
Apenas un susurro se deja oír,
quizá, un nombre.
Nadie contesta,
no hay nadie.

Solitarios están los tallos de caña.
Solitaria la vida.
La noche llega y sólo queda
el murmullo dulce del viento.

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