Japón lo Bello y yo

Autor: 
Yasunari Kawabata
Traductor: 
Germán Villamizar
Número: 
Sección: 

En primavera florecen los cerezos; en verano el pájaro cuclillo.
En otoño, la luna; en invierno, la nieve clara, fría.
La luna invernal brota de las nubes para ser mi compañía.
El viento es cortante: la nieve es fría.

Cuando me piden muestras de caligrafía, a menudo escojo estos dos poemas. El primero, titulado "El espíritu innato" fue escrito por Dogen (1200-1253), un sacerdote. El segundo pertenece al también sacerdote Myöe (1173-1232), del cual se conoce un relato muy detallado que explica su origen y su significado: En la noche del duodécimo día del mes doce del año 1224. Las nubes ocultaban la luna. Me senté a meditar en la cima del Kakyu-Hall. Cuando llegó la vigilia de medianoche, descendí de la cima del Kakyu a las habitaciones. Entonces, saliendo de entre las nubes, la luna iluminó la nieve, que resplandeció. Al sentir su compañía, ni siquiera el aullido del lobo en el valle lograba asustarme. Cuando salí de las habitaciones, ella estaba detrás de las nubes. La campana anunció la madrugada y caminé una vez más hacia la cima, mientras la luna me observaba. Entré al sitio de meditación. La luna, persiguiendo las nubes, estaba a punto de desaparecer tras la cima. Yo pensaba que me hacía secreta compañía.

Luego cuando Myöe entró en el lugar de meditación después de ver la luna esconderse tras la montaña escribió los siguientes versos:

Iré detrás de la montaña. Ve allí también, oh luna.
Noche tras noche nos haremos compañía.

Posteriormente relata el escenario de otro poema, surgido después de pasar el resto de la noche en su retiro antes del amanecer:

Abrí mis ojos mientras meditaba, vi la luna del alba iluminando la ventana.
Adentro de mí sentí que mi corazón resplandecía con una luz lunar:
Mi corazón irradia luz pura;
sin duda la luna pensará que es su propia luz.

Por estas asociaciones tan espontáneas y sencillas, Myöe ha sido
llamado el poeta de la luna, así como por exclamaciones tan simples
como la siguiente:

Brilla, brilla y brilla, brilla, brilla y brilla, brilla.
Brilla y brilla, brilla y brilla, brillante luna.

En los tres poemas sobre la luna de invierno, en los cuales la describe desde el anochecer hasta el amanecer, Myöe imita el estilo de Saigyo, otro poeta sacerdote que vivió entre 1118 y 1190: "Aunque escribo poesía -solía decir- no la considero muy elaborada". Las sílabas de cada poema (treinta y una en japonés) son tan claras y directas que parece como si él estuviera encaminándose hacia la luna y no simplemente como si viera a "la luna como compañía". Observando la luna, él se convierte en ella; vista por él, la luna se convierte en él. Así se funde con la naturaleza, se vuelven uno solo. La luz del "corazón resplandeciente" del sacerdote, sentado a oscuras en el sitio de meditación, convierte a la luna de la madrugada en su propia luz.

Cuando leemos la larga introducción del primer poema de Myöe citado anteriormente, en el cual la luna de invierno se convierte en su compañía, el corazón del sacerdote medita profundamente en la montaña sobre religión y filosofía, en una delicada interacción con la luna. Esto es lo que el poeta canta. La razón por la cual escogí ese primer poema cuando se me pidió una muestra de mi caligrafía, tiene que ver con su extraordinaria ternura y delicadeza. La luna de invierno se esconde tras las nubes y se hace visible otra vez, volviendo brillantes mis huellas cuando voy al lugar de meditación y desciende otra vez, ayudándome a perder el temor a los lobos: ¿no sientes el viento dentro de ti?, ¿no sientes la nieve?, ¿no sientes frío? Escogí este texto por ser una muestra de tibia, abisal y delicada compasión, un poema que representa la profunda serenidad del espíritu japonés. Yashiro Yukio, conocido internacionalmente como seguidor de Botticelli, un hombre estudioso del arte del pasado y el presente, de Oriente y de Occidente, resumió las características especiales del arte japonés en una sencilla frase poética: "En época de nieve, de luna, de flores... más que nunca pensamos en nuestros camaradas".

Cuando vemos la belleza de la nieve, de la luna llena, de los cerezos en flor, en resumen, cuando somos acariciados y despertados por el esplendor de las cuatro estaciones, pensamos en los más cercanos a nosotros, y deseamos que compartan ese placer. La conmoción de la belleza despierta fuertes sentimientos de amistad, deseos de compañía, y la palabra camarada significa ser humano. En la tradición japonesa, las palabras nieve, luna, flores, que representan las estaciones al pasar de una a otra, implican la belleza de las montañas, de los ríos, de los árboles, de las plantas, de todas las innumerables manifestaciones de la naturaleza, y de los sentimientos humanos.

Ese espíritu, ese sentimiento por los amigos que despierta la nieve, el claro de luna, la época de las flores, también es fundamental en la ceremonia del té: un encuentro con el sentimiento, con los buenos camaradas en una estación agradable. De paso, puedo afirmar que se malinterpreta mi novela Mil Grullas al considerarla una evocación de belleza formal y espiritual de la ceremonia del té. Es más bien una obra que cuestiona y previene sobre la vulgaridad en la cual ha caído esa ceremonia.

En primavera florecen los cerezos; en verano, el pájaro cuclillo.
En otoño, la luna: en invierno, la nieve blanca, fría.

Si se quiere, en el poema de Dogen puede verse sólo una convencional, ordinaria y mediocre asociación de imágenes de la belleza de las cuatro estaciones. Puede apreciarse como un poema inconcluso y hasta excesivamente similar al texto del sacerdote Ryokan en su lecho de muerte (1758-1831):

¿Cuál será mi legado? Las flores de la primavera.
El cuclillo en las colinas, las hojas del otoño.

Aquí como en los versos de Dogen, las figuras y palabras más comunes están sin duda relacionadas con un efecto particular: transmiten la esencia exacta de Japón. Para hacer más transparente esta analogía mencionemos los siguientes versos de Ryokan:

Un largo y brumoso día de primavera:
lo sentí cerca, jugando a la pelota con los niños.
La brisa es fresca, la luna es clara.
Vayamos juntos a bailar en la noche lejana en que la vejez no existe.
No es que yo desee tener algo del mundo,
me siento mejor con el placer disfrutado a solas.

Ryokan, que se liberó de la vulgaridad moderna de su época, estaba lleno de la elegancia de los primeros siglos. Actualmente su poesía y caligrafía son muy admiradas en mi país. Vivió en carne propia sus poemas: erraba por los campos, tenía una choza de paja como refugio, vestía harapos y su única compañía eran los campesinos con quienes dialogaba. Para él, la profundidad de la religión y la literatura no estaban en lo recóndito y oscuro. Prefirió dedicarse a la literatura y a creer en la bondad del espíritu resumido en la frase budista: "Un rostro sonriente y palabras amables".

En su último poema ofreció la nada como legado, pero guardaba la esperanza de que después de su muerte natural, su poema aún continuaría siendo bello. Esta podría ser su mayor ofrenda. En el poema se sienten las emociones de un Japón antiguo y el trasfondo de una fe religiosa.

Me pregunté y me pregunté cuándo vendría ella.
Y ahora que estamos juntos, ¿qué debo pensar?

Ryokan también escribió poesía romántica. Este es un ejemplo al que tengo demasiado afecto. Siendo un anciano de 69 años Ryokan conoció a una religiosa de 29 y fue bendecido con el amor (debo decir que hoy recibo el Premio Nobel a esa misma edad). Su poesía de esta etapa puede ser interpretada como la felicidad de conocer a la mujer inmortal, la de haber encontrado a la única mujer por la cual cualquier espera no es demasiado larga. El último verso es sencillez pura.

Ryokan murió a la edad de 73 años. Nació en la provincia de Echigo, actual prefectura de Niigata (marco de mi novela País de nieve); una región del norte conocida como el revés de Japón, donde el viento frío que baja de Siberia llega a través del mar. Vivió toda su vida en el país de la nieve. (Cuando estaba viejo, fatigado y a la espera de una muerte cercana, habiendo alcanzado ya la iluminación, el país de la nieve debía ser más hermoso que en nuestros días). A partir de esto escribí el ensayo: "Ante sus ojos, al final de su vida": título tomado de la nota de suicidio del cuentista Akutagawa Ryunosuke (1892-1927). Es una frase que me inspira. Akutagawa afirmaba que le parecía estar perdiendo gradualmente algo animal conocido como la fuerza para vivir, y seguía: "Estoy viviendo en un mundo de nerviosismo, traslúcido y frío como el hielo... No sé cuando reuniré el coraje para suicidarme, pero siento que nunca antes la naturaleza fue más hermosa. No tengo duda de que te reirás de esta contradicción, porque amo la naturaleza incluso cuando considero la posibilidad del suicidio. Pero ella es hermosa porque se presenta ante mis ojos en los últimos instantes".

En 1927, a la edad de 35 años, Akutagawa se suicidó. En mi ensayo, afirmo que: "Aunque uno puede estar desencantado del mundo, el suicidio no es una forma de iluminación. No obstante la admiración que despierte. El hombre que se suicida está lejos del reino de la santidad". No apoyo ni rechazo el suicidio. Tuve otro amigo. Un pintor vanguardista, que murió joven. Él también pensó en el suicidio durante años y sobre él escribí en este mismo ensayo: "Parecía haber dicho una y otra vez que no hay arte superior a la muerte, que morir es vivir". Sin embargo, podría afirmar que su concepto de muerte era muy diferente al de Occidente por haber nacido en un templo budista y haber sido educado en una escuela budista: "¿Entre aquellos que meditan sobre las cosas, hay alguno que no piense en el suicidio?"

Sé que aquel amigo Ikkyu (1394-1481) contempló dos veces la idea del suicidio. Digo aquel amigo porque el sacerdote Ikkyu es conocido, aun entre los niños, como la más divertida de las personas y porque hasta nosotros han llegado numerosas anécdotas sobre su comportamiento bastante excéntrico. Se dice de él que los niños trepaban por sus rodillas para acariciar su barba y que las aves silvestres se alimentaban de su mano. Por todo esto parece que haya sido muy superficial, una suerte de sacerdote amable y bonachón. No obstante, fue el más riguroso y profundo de los sacerdotes Zen. Se cuenta también que era hijo de un emperador; que ingresó al templo a los seis años y que desde muy temprano mostró su genio como prodigio de la poesía. Al mismo tiempo sentía las dudas más profundas sobre la religión y la vida: "Si hay un Dios, déjenlo ayudarme. Si no lo hay, déjenme arrojarme al fondo de un lago y convertirme en comida para peces".

Para poner en práctica sus palabras, intentó arrojarse a un lago, pero lograron detenerlo. En otra ocasión, varios de sus compañeros fueron incriminados cuando un sacerdote se suicidó en Daitokuji, su templo. Ikkyu meditó sobre el hecho: "Esa pesada carga sobre mis hombros", se dijo, y trató de morir de hambre. Dio a su obra completa el título de Collection of the roiling clouds, y él mismo usó como seudónimo la expresión Roiling Clouds.

En su colección y en las obras que siguieron hay momentos sin paralelo en China, especialmente en la poesía Zen de la Edad Media japonesa: poemas eróticos y textos acerca de secretos de alcoba, que no dejan de asombrar. Comiendo pescado, bebiendo licor y teniendo comercio con mujeres, deseaba romper las reglas y preceptos de la disciplina Zen de la época, y alcanzar la liberación. Se opuso a las formas religiosas establecidas, pues deseaba encontrar en la disciplina Zen la renovación y la afirmación de la esencia de la vida, de la existencia humana, en una época de guerra civil y caos moral.

En su templo, el Daitokuji, en Murasakino (Kyoto), se halla un centro de ceremonia de té. Son muy admiradas las muestras de su caligrafía colgadas en los cuartos de té.

Yo tengo dos muestras de la escritura de Ikkyu. En una de ellas puede leerse: "Es fácil entrar al mundo de Buda, es difícil entrar en el mundo del demonio". Realizó muchos dibujos para estas palabras, que con frecuencia yo uso cuando me piden muestras de mi propia caligrafía. Pueden leerse de muchas maneras, con la dificultad que se desee, pero en ese mundo del demonio unido al mundo de Buda, Ikkyu viene a mi mente de inmediato. Para un artista que busca la verdad, la bondad, la belleza; el temor y la súplica, hasta en una plegaria, en esas palabras sobre el mundo del demonio, el hecho de que deban ser evidentes en la superficie o que se oculten, quizá muestre la
inexorabilidad del destino. Tal vez no exista el mundo de Buda sin el mundo del demonio. Y es difícil ingresar al universo del demonio. Este no es para débiles de espíritu.

"Si encuentras a Buda, mátalo. Si encuentras un guardián de la ley, mátalo". Esta es una conocida máxima Zen. Si el budismo se divide generalmente en las sectas que creen en la salvación por medio de la fe y aquellas que creen en la salvación por mérito propio, por supuesto que deben existir tales expresiones violentas en las disciplinas Zen, que insisten en la salvación por virtudes personales. En el otro lado, el de la salvación por medio de la fe, Shinran (1173-1262), el fundador de la secta Shin, dijo una vez: "La bondad renacerá en el paraíso, y aun más el mal". Estas perspectivas tienen algo en común con el mundo de Buda y el mundo del demonio que mencionaba Ikkyu. Incluso en el corazón las dos tienen diferentes inclinaciones. Shinran también dijo: "No tendré ni un solo discípulo. Si encuentras a Buda, mátalo. Si encuentras al guardián de la ley mátalo, y no tendré ni un solo discípulo". En estas dos expresiones, quizás se revele el destino inevitable del arte.

En el Zen no se adoran imágenes, aunque sí existen algunas. En el lugar de meditación no hay imágenes ni pinturas de Buda, ni siquiera manuscritos. En la disciplina Zen se permanece sentado durante largas horas en silencio e inmóvil con los ojos cerrados. De inmediato se está en un estado de calma, libre de ideas y pensamientos. Uno sale de sí mismo y entra en el reino de la nada. Pero no es la nada o el vacío de Occidente. Es más bien lo inverso, un universo del espíritu en el cual todo comunica libremente con todo, trascendiendo barreras, sin límites. Por supuesto, maestros de Zen y discípulos logran la iluminación mediante el intercambio de preguntas y respuestas, y
estudian los manuscritos. Sin embargo, el discípulo debe ser siempre dueño de sus pensamientos, y alcanzar la iluminación por medio de sus propios esfuerzos. Se enfatiza más en la intuición y los sentimientos inmediatos, que en la razón y la argumentación. La iluminación no proviene de la enseñanza sino del ojo que cobra vida internamente. La verdad se encuentra en el desecho de palabras, en las palabras exteriores o superficiales. Así tenemos la expresión "silencioso como trueno, en el Vimalakirti Nirdesa Sutra". La tradición cuenta que Bodihidharma, príncipe del sur de India, quien vivió alrededor del siglo VI y fundó la disciplina Zen en China, se sentó durante nueve años en silencio frente a la pared de una caverna, y finalmente alcanzó la iluminación. La práctica Zen en que la persona medita sentada en silencio proviene de él.

Ikkyu escribió los siguientes poemas religiosos:

Entonces te pido la respuesta. Cuando yo no, tú no.
¿ Qué hay entonces en tu corazón, oh mi señor Bodhidharma ?
¿ Y qué es eso, el corazón ?
El sonido doliente de la brisa en la pincelada de tinta.

En los poemas es evidente la influencia del espíritu Zen en la pintura oriental. La esencia de una pintura en tinta se encuentra en el espacio, la brevedad, lo implícito. En palabras del pintor chino Chin Nung: "Pintas bien la rama, y escuchas el sonido del viento". Cito al sacerdote Dogen una vez más: "¿No existen estos casos? La iluminación en la voz del bambú. El resplandor del corazón en las flores de durazno".

Ikenobo Sen'o, un maestro en el arte de los arreglos florales, dijo en cierta ocasión (el comentario es citado en sus máximas): "Un ramo de flores y un poco de agua evocan la inmensidad de ríos y montañas". Indudablemente, el jardín japonés simboliza la inmensidad de la naturaleza. El jardín de Occidente tiende a ser simétrico; el japonés es asimétrico, pues la asimetría tiene el gran poder de simbolizar multiplicidad e inmensidad. La asimetría, por supuesto, depende de un balance impuesto por la sensibilidad delicada. Nada es más complicado, variado y amigo del detalle que la jardinería ornamental japonesa. Existe una variante llamada paisaje árido -compuesto sólo por rocas-, en que la disposición de las piedras da la sensación de que allí hay montañas y ríos, y hasta sugiere las olas del inmenso océano rompiendo en los acantilados. Condensado al máximo, el jardín japonés se convierte en el jardín de los árboles enanos llamados bonsái o en el bonseki, la versión árida.

En la palabra oriental que designa el paisaje -literalmente "montaña-agua". con sus relaciones implícitas en la pintura de paisajes y la jardinería ornamental, subyacen las ideas de marchito y yermo, e incluso las de tristeza y soledad. Probablemente hasta las tristes, austeras y otoñales características tan apreciadas por la ceremonia del té, se hallen resumidas en la expresión "gentilmente respetuoso, transparente calma" -que oculta una gran riqueza de espíritu-, y la habitación del té, que -en su aislamiento y sencillez extrema- contiene un espacio infinito de ilimitada elegancia. La única flor que adorna la habitación es más esplendorosa que cien flores. En el grandioso siglo XVI, Rikyu, maestro de la ceremonia del té y de arreglos florales, enseñó que no era adecuado usar flores completamente abiertas. En la actualidad, la práctica general en la ceremonia del té exige que en el gabinete de la habitación haya una sola flor, y que aun sea un capullo.

En invierno, se usan flores propias de dicha estación; por ejemplo, una camelia, llamada Joya blanca o Wabisuke, palabra que podría ser traducida literalmente como "compañero en soledad". No se escoge cualquier camelia, sino la más extraordinaria por la blancura y pequeñez de los capullos. De éstos, uno solo adorna el gabinete. El blanco, el más transparente de los colores, contiene los otros colores.

El capullo siempre debe estar bañado en rocío o humedecido con unas cuantas gotas de agua. En mayo se elabora el más espléndido de los arreglos para la ceremonia del té: un capullo de peonía que adorna un florero verdeceledón, bañado siempre de rocío. Pero no sólo hay gotas de agua en la flor, el florero también se humedece con frecuencia.

Entre los floreros, el más apreciado desde los siglos XVI y XVII es el antiguo Iga. Cuando éste se humedece, sus colores y su brillo adquieren la belleza de un nuevo despertar. El Iga se cocía a temperaturas muy altas. Cuando la temperatura disminuía, las minúsculas cenizas y el humo adheridos a la superficie, se convertían en una especie de capa de hielo. Puesto que los colores son el resultado del trabajo en el horno, los patrones resultantes eran considerados caprichos del horno. Las ásperas y duras superficies del antiguo Iga adquieren un resplandor voluptuoso cuando se humedece, y respiran al ritmo del rocío de las flores. El ambiente de la ceremonia del té también exige humedecer la taza antes de ser usada, para darle su suave brillo característico. Ikenobo Sen'o expresó en otra ocasión (también se encuentra en sus máximas) que las montañas y las cosas debían aparecer con sus propias formas. Para traer un nuevo espíritu a su escuela de arreglos florales, encontró flores en vasijas rotas y ramas marchitas, con una iluminación adecuada. Los antiguos hacían arreglos florales y aspiraban alcanzar la iluminación. Bajo la influencia de la filosofía Zen, podemos apreciar el despertar del corazón del espíritu japonés.

Y en esto, quizás se halle el corazón de un hombre que vivió la devastación de largas guerras civiles. Los Cuentos de Ise, recopilados en el siglo X, son la colección japonesa más antigua de numerosos episodios líricos, muchos de los cuales podrían ser llamados historias cortas. En una de éstas se narra que el poeta Ariwara no Yukihira cantó ante sus invitados:

Un hombre tierno tenía una rara flor de glicina en una gran jarra.
El ramo de flores se elevaba tres pies y medio.

Un ramo de glicina de tal longitud es tan insólito que hace dudar de la verosimilitud del escritor; incluso, puede verse un símbolo de la cultura Heian en ese gran ramillete. La glicina, flor muy representativa del Japón, tiene una elegancia femenina. Los ramilletes de glicina agitados por la brisa sugieren suavidad, bondad, silencio.

Estas plantas que desaparecen y aparecen otra vez con los primeros verdores del verano, representan desde hace mucho tiempo el sentimiento por la belleza intensa que inconscientemente ha caracterizado a los japoneses. No hay duda de que había una hermosura especial en aquel ramillete de tres pies y medio de largo. Hace un milenio, en pleno esplendor de la cultura Heian, la aparición de una belleza particular japonesa fue tan maravillosa como esta glicina insólita, porque la cultura T'ang de China fue absorbida completamente por la japonesa.

En los albores del siglo X se publicó la primera antología poética, el Kokinshu, y en ficción, los Cuentos de Ise. Luego se publicaron las obras maestras de la prosa clásica, el Cuento de Genji de Lady Murasaki y el Pillow book de Sei Shönagon. Estos últimos autores vivieron a finales del siglo X y comienzos del XI.

Así nació la tradición que influyó en nuestra literatura, y hasta la controló, durante ocho siglos. El Cuento de Genji, en particular, es la cumbre de la literatura japonesa. Hasta nuestros días no ha habido una pieza de ficción que pueda comparársele. Que semejante obra moderna haya sido escrita en el siglo XI es un milagro, y como milagro la obra ha sido ampliamente difundida en el exterior. Aunque comprendía poco los clásicos japoneses, los clásicos Heian eran mi principal lectura de adolescente. Creo que Genji es mi influencia más significativa. Siglos después de haber sido escrita, aún persiste su fascinación, y las imitaciones y las adaptaciones son una especie de homenaje. Por supuesto, Genji es una profunda y amplia fuente de alimento para la poesía, para las bellas artes, para la artesanía, y hasta para la jardinería ornamental.

Murasaki y Sei Shonagon, y otras poetisas famosas como Izumu Shikibu, que murieron probablemente a comienzos del siglo XI, y Akazome Emon, que murió a mediados del siglo XI, fueron todas damas de la corte imperial. La cultura japonesa era cortesana, y la cultura de la corte era femenina. El Genji y el Pillow book fueron lo más esplendoroso, en una época que empezaba a sentir la decadencia.

En esas obras se siente la tristeza del final de la gloria, de la época de más esplendor de nuestra cultura cortesana. La corte se acercaba al ocaso y el poder pasó de la nobleza a la aristocracia militar, en cuyas manos permaneció durante casi siete siglos desde la fundación del shogunado de Kamakura, en 1192, hasta la Restauración de Meiji entre 1867 y 1868. Sin embargo, no debe pensarse que desapareció la institución imperial o la cultura cortesana.

En la octava antología imperial, el Shinkokinshii, de comienzos del siglo XIII, se observa el avance en la destreza técnica del kokinshu, aunque algunas veces decayera en frivolidades verbales. También se añadieron elementos misteriosos, sugerentes y evocadores de la fantasía sensorial, que tienen algo en común con la moderna poesía simbolista. Saigyo, a quién ya había mencionado, fue un poeta representativo que transitó los dos períodos: el Heian y el Kamakura.

Soñé con él porque pensaba en él.
Era un sueño: debí haber deseado no despertar.
En mis sueños voy a él cada noche sin falta.
Es menos que una visión fugaz al despertar.

Estos dos poemas fueron escritos por Ono no Komachi, la principal poetisa del kokinshu, que escribe sobre los sueños con un realismo directo. Cuando estudiamos los poemas de la emperatriz Eifuku, que vivió alrededor de la misma época de Ikkyu, en el periodo Muromachi (poco después de Shinkokinshu), notamos un realismo agudo que se trasforma en simbolismo melancólico, delicadamente japonés y, a mi parecer, más moderno:

Sobre los bambúes donde los gorriones trinan,
brilla la luz del sol y toma el color del otoño.
Disperso en los tréboles del jardín,
el viento otoñal invade los huesos.
Sobre el muro, el sol de la tarde desaparece.

Dogen -cuyo poema sobre la nieve clara y fría he citado- y Myöe -que vio compañía en la luna de invierno- pertenecieron al período Shinkokinshu. Myoe intercambiaba poemas con Saigyo, y los dos discutían sobre poesía. El siguiente fragmento pertenece a la biografía de Myöe, escrita por su discípulo Kikai: Saigyo hablaba de poesía con frecuencia. Su propia actitud hacia la poesía -afirmaba-, era poco común. El cerezo en flor, el cuclillo, la luna, la nieve: comparaba las diversas formas de la naturaleza: sus ojos y sus oídos estaban llenos del vacío. ¿Y todas las palabras que brotaban de él no eran verdaderas palabras? Cuando cantaba la canción de las flores, las flores no estaban en su mente; cuando cantaba a la luna, no pensaba en la luna. Cuando la ocasión se le presentaba o sentía la necesidad, escribía poesía. Un arco iris rojo en el cielo era pintar el cielo. La luz blanca del sol era el cielo resplandeciente, aunque el cielo vacío, por naturaleza, no podía volverse brillante, no podía tomar color. Con un espíritu como el del cielo vacío, él coloreaba sus escenas sin dejar un solo rastro. En esa poesía estaba Buda, la manifestación de la máxima verdad.

En estas líneas percibimos el vacío, la nada oriental. Se ha dicho que mis obras expresan el vacío, pero éste no debe confundirse con el nihilismo de Occidente. El sustento espiritual es bastante diferente.
Dogen tituló su poema sobre las estaciones: "El espíritu innato". Incluso cuando cantó a la belleza de las estaciones estaba profundamente imbuido de la filosofía Zen.