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Octubre de 2006 - Año 3, No. 7 - 8

 

ALFONSO RUBIO

Arnedo, La Rioja, España, 1964.

Profesor del Departamento de Historia de la Universidad del Valle (Santiago de Cali, Colombia). Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Zaragoza (España). Ha publicado los libros de poesía Corazón cargado (1994), Liebres (2003) y Lesiones (2005); los relatos de Yerbas del patio (2006); el estudio literario La muerte a cuchillo. Un romance en el archivo: poética y realidad (2006), y sus textos de especialización archivística: Aplicativos de investigación archivística (2005) y Estudios de usuarios en archivos municipales (2006).


DÍAS EN BLANCO

De aquel tanto amor,
este silencio y esta luz
venidos desde hace tantos días
y desde tan cerca.
Este silencio de la casa vacía
que cicatriza lentamente
tantos abrazos y tantos veranos
y esta luz de vidrio acribillado
que no destiñe los escenarios.

Entre las mismas paredes
del mismo tiempo
-tu cuerpo y el mío-
habitan los mismos seres enamorados,
aunque ya no vea tus ojos
y te pertenezca,
aunque el viento me desvele afuera
las huellas de tu huida.
Ya lo sabemos, todos lo sabemos
y hay muchos días en blanco
en que nada puedo decir.

Con mis manos desatadas,
haciéndose sombra de las tuyas,
junto a las hortensias,
esta tarde,
alcanzaré aquellas tardes
igualmente dadas al abandono,
sobre la arena, desnudas o entre la hierba,
cuando de pronto aparecía la muerte o la risa.
Conservo la humedad
de aquellas miradas fijas
y un deseo de lo eterno
como envidio al viento,
entreabiertas las puertas,
apropiándose de nuestra casa.

Sólo entro,
como siempre,
a medir tu pérdida
y cuánto crece el musgo en mi frente.
Pregunto a los grifos oxidados
qué imagenes levantará el polvo
cuando esta luz
sólo sea trizas de escombros.
Y si es verdad que nuestras almas
colgarán como retratos
cuando las paredes vuelvan a ser barro.

Antes de que llegue la noche,
o casi, antes de que la ciudad
atrape este silencio de amor definitivo
con lengua de andamios,
quisiera cambiar nuestros cuerpos,
que tu despedida
sólo cierre las puertas de la casa
y que la mía
sea la voz de aquellas campanas.

De Liebres (2003)

 

LA PLAZA

Desde el balcón abierto de la tarde quise aclarar la mirada de mis ojos cargados, como una esperanza de muchacha y busqué los fuegos de las calles con el sabio consejo de curar con lo mismo que trae el mal.

Todavía las sombras eran particulares y podía seguirse su unánime paso. Recuerdo El misterio de la calle, una fotografía de mil novecientos veintiocho en gelatina de plata, donde las sombras aéreas, superando a los espejos, se estampan para siempre en el pavimento.

Puedo perder la mirada si me ciego, si sueño que las sombras son aquellas de tus antepasados, que sólo son una y que acude a oscurecer la Plaza de los Fueros.

De Lesiones (2005)

 

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