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Noviembre de 2007 - Año 4, No. 10

 

FERNANDO HERRERA GÓMEZ
PREMIO NACIONAL DE POESÍA
Ministerio de cultura 2007

LA COQUITA

Mi mujer y mi hijo conciliaron el sueño en el hotel. Habíamos viajado toda la noche a través de las planicies ocres y heladas de los Andes. Pronto supe que no sería capaz de dormir y decidí salir para ver el amanecer brumoso y gris de las calles de Cuzco. Los campanarios oscuros animaban el aire con sus broncos tañidos y los parroquianos se apuraban a sus misas. La plaza de mercado estaba aún cerrada. Encontré la puerta por la que entraban los venteros y me colé en la plaza espectral y en penumbras, en la que unas luces amarilleaban pálidamente en medio de los bultos cubiertos de lona. Caminé por las galerías fantasmales de las ventas amarradas que se levantaban como obras de Cristo hacia el techo de zinc, en el que caía una llovizna menuda. Tomé una jarra de jugo de pomelo en uno de los puestos abiertos, mientras conversaba con la vendedora. Miré los ramos de crisantemos presos en sus jaulas de alambre, visité a las vendedoras de panes que hacían la repartición de los pedidos, vi los fardos de telas coloridas caer desde la altura y al almacenista diestro maniobrarlos e irlos acomodando desde el aire. La venta de quesos mareaba el ambiente. Me interesé por unos maíces rojizos muy grandes y compré una libra para semilla. Fue amable la señora que me vendió el maíz. Luego de dejar el puesto me di cuenta de la fragilidad de la bolsa en la que iban los granos y regresé para que me diera otra más resistente. La hallé descalza lanzando hojas de coca hacia arriba; echándolas adentro de sus zapatos y mascándolas mientras agradecía la primera venta del día y bendecía con gran devoción a “la coquita”. Me miró, sin sentirse incómoda por ser sorprendida en ese acto íntimo, y me ofreció - de una manera cercana a la obligación - tomar unas hojas yo también. De inmediato me descalcé, puse una hoja en cada uno de mis zapatos y masqué el puñado que me convidó. Me quedé mirando su fervor contagioso y sus labios que repetían bendiciones a “la coquita”, mientras las hojas secas revoloteaban en el aire como polillas y la lluvia se oía como arena cernida en la altura del tejado.

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