La mitad oscura de la esfera

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Una puerta pintada en la muralla
Armando Ibarra Racines

[Prólogo del libro La mitad oscura de la esfera de Rafael Escobar de Andreis]

No somos más que un regocijo de la muerte
Gerardo Victoria

Aunque la muerte no se puede experimentar, no existe presencia ni cuchilla pendiente sobre la nuca más afilada ni más amenazadora. Y no es tanto lo que llamamos muerte —inmaterial como nada—, sino la certeza inevitable de su advenimiento. Tal vez lo que nos inquieta sea el recuerdo —en un vago sueño— de la amenaza de los legendarios colmillos de un carnívoro maligno que se cierran sobre el cuello de nuestros ancestros mamíferos encuevados, creídos salvos solo por una noche. Para calmarnos, no cesamos el trabajo de ideación individual o colectiva con que pretendemos enfrentarla, o su equivalente: mantenernos vivos.

Ningún conocimiento la puede abarcar, porque la muerte no es nada. Sin embargo, a pesar de su vacuidad, nuestra cultura la ha transfigurado elevándola a la categoría de tabú —el pavor de una certeza— hasta el punto que los muertos son grandes perdedores en un colectivo donde los resultados se cuentan después de apilar los cadáveres. Vivimos en un mundo de tensiones felices opacadas por la muerte, por eso evitamos mencionarla. Esta vaguedad la puede convertir en fácil comidilla de poetas y toda suerte de iluminados.

Generalmente en la primera infancia, cuando el descubrimiento de que todos vamos a morir nos toma por asalto, la estantería de las fantasías infantiles se derrumba, y la inmortalidad se hace trizas. Esto produce un malestar, que una chispa de autoconsciencia enciende y nos acompaña desde esa primera epifanía brutal hasta el temible instante que denominamos el final de la vida. Por eso la evitamos y no la mencionamos.

No es el caso de este libro, que deviene en un inventario de miradas sinceras y eficaces para enfrentar el hecho de morir, sin máscaras, dignificando la mortalidad e integrándola al proceso vital. Un acto de desnudez para enfrentar la muerte cuando le arroja al poeta las preguntas fundamentales que todos debemos responder de forma personal.

Mientras la enfermedad, la vejez
o simplemente la vida
 intentan en vano
saciar tus apetitos.

¿Cómo abordar algo que no es experimentable? Desde el poema, parece responder Rafael Escobar. Y así obtenemos una singular visión llena de metáforas: única forma de llenar un concepto vacío. En esta época de velocidad digital, la muerte es una sorpresa horrible. El autor nos invita a no dejarla a un lado porque solo se comprende la muerte si se siente la vida como una agonía prolongada, en la cual la vida y la muerte se hallan entrelazadas; a las que llama Dupla inseparable:

El río corre plácido entre lisas piedras,
oasis sereno para el caminante,
y se lleva vidas, corotos y trastes
si osan invadir los límites del cauce.
A un lado la vida, al otro la muerte.

Quien escribió este libro parece discípulo de Cioran, poeta dedicado a pensar sobre los abismos de la existencia, que desde la percepción del sentimiento de muerte es arrojado indefectiblemente hacia los resquicios ontológicos, las grietas, las aberturas, las hendiduras y los intersticios que desgarran la realidad misma, o su idea de realidad, generando un vacío por el que se filtra el espectro doloroso de la vida humana.

Sabes también
que no puedes salvarte
 desde el momento mismo en
 que pisas la escena.

Aquí el poeta escribe de modo personal sobre una verdad universal. Por eso la muerte se entrena, con la misma obsesión con que las hordas de primates pedalean o hacen girar las poleas y los cilindros de las máquinas de ejercicio, produciendo un quejido, un zumbido de herrajes que no opaca el filo de la guadaña.

…sino la visión misma
de la muerte, que fiel a tu ritmo también se entrena.

El poeta no puede “escapar” de su ejercicio profesional. Si hay alguien ligado a la vida en suspenso, es el médico anestesiólogo. Así que la profesión de Rafael le brindó la oportunidad de tenerla cerca, hasta de manipularla cuando ejercía de “inductor” de una muerte temporal en los pacientes para facilitar el trabajo de los cirujanos. Seguramente la pensaba cuando el paciente yacía en la camilla en un símil temporal de sueño eterno. Además él sabe, fruto de su experiencia, que solo en el poema se puede intentar el abordaje de un asunto radical y que nadie puede experimentar. Eso lo deja saber en sus poemas.

Solo hay dos metáforas posibles para la muerte: la muralla que representa un límite final infranqueable; o la puerta, que se atraviesa hacia una vida nueva. Quisiera pensar que Rafael es de los que prefieren la muralla. Pero en sus textos va más allá y pinta una puerta realista sobre la última frontera: la muralla.

El alma un día se marcha,
 así, sencillamente.

La muerte nunca es una experiencia interior de vivos; así que solo podemos escribir sobre ella, nunca experimentarla; y el autor de este poemario se dedicó a hacerlo con fervor utilizando las pinzas de la poesía en un intento por interiorizar su propia mortalidad y así dar más sentido a la propia vida y sostener el impulso vital.

El lema de este texto podría ser Memento mori (Recuerda que morirás) porque en todas sus páginas se repite que como seres humanos debemos recordar la mortalidad y tenemos que estar pendientes de la fugacidad de la vida. Como propone Jeff Mason, estos poemas tienen que ver con vivir la vida desde la perspectiva más amplia posible porque “la muerte es la sombra de la vida, tan natural como la sombra que uno proyecta sobre el suelo en un día soleado”. Tal vez sea la forma en que Rafael trata de mitigar la angustia mortal que echa raíces en la vida misma. La muerte, ese rumor permanente, como sentenció Gustavo Ibarra Merlano:

de lo que eres es poco lo que queda,
 y ese poco también es de la muerte.


Poemas


En forma

Vital y constante trotador,
no temas cometer el error
de la mujer de Lot.
Si algo te pudiera asustar
no sería la estatua de sal
en que puedas convertirte; sino la visión misma
de la muerte, que fiel a tu ritmo también se entrena.

 

El signo de la mosca

Después de elegante cabriola
se posa en la frente sudorosa.

Con vuelos cortos de fino aleteo
baja hasta los labios pálidos.

Haciendo gala de su perfecta máquina de alas
aterriza en la nariz.

Mete la trompa entre los pelos
para extraer algún néctar.

Atraída por el escaso brillo de los ojos
se posa en uno de los párpados
y roza las pestañas.

Sólo un leve movimiento la espanta
y vuelve sobre el ojo mismo,
ahora desértico para su sed.

El Oráculo,

consultado sobre la salud del enfermo,

ve en todo este ingenuo bagaje instintivo,
una mala señal.

 

Descenso armónico

Nacimos solos, desnudos,
desprovistos de habla
imposibilitados
para decir sí o no
frente al ser o la nada.

La primera palabra fue un llanto,
que llenó los mal inflados alvéolos y
dijo de nuestro desamparo.

Paso a paso y de la mano materna
entramos a un mundo incierto
que sigue siendo extraño.

Otros nos dijeron que éramos,

les creímos a medias y partimos titubeantes
hacia nosotros mismos.

Poco hemos avanzado, pero a lo lejos
vislumbramos compañías:
la poesía, la amistad, el amor,
en secreto nos dicen
que no hay salvación ni condena;
solo el canto del hombre
baja por los escalones
de una partitura

hacia el vacío.

Guardadas las distancias

El gusano de seda
sale de la crisálida,
agita las alas,
busca a la hembra,
tiene sexo y muere.

Los humanos somos
más complicados:

Podemos tener sexo y morir
como el gusano
o morir sin tener sexo,
tener sexo sin morir,
soñar que tenemos sexo,
soñar que morimos,

soñar que soñamos que tenemos sexo

y hasta soñar que soñamos que morimos.

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Autor: 
Rafael Escobar De Andreis
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