La luz

El viaje comienza siguiendo la hebra de la luz
que se ciñe,
imperceptible,
a la piedra curva del alféizar.

Contaré lo que he visto,
y he visto larguísimas hileras de cosas
en el hueso y la cal soñadora del hombre.
Todo estaba en la luz,
siendo sin tregua su esencia y su elemento,
horadando su camino sin nombre:
escala musical repetida en todo instante
sobre teclados interminables.

Bien está que los ojos y el alma hayan visto,
y que esta vibración de la luz no los haya cegado,
sino abierto de par en par el follaje verde de la alegría.

¡Alegría!
Tu nombre está dicho sin secreto
y la luz le precede siempre
desposándolo con las más profundas exaltaciones.

—simple pan, alegría, nutricio pan
que impulsa de un lado a otro de los mares
los ejércitos desamparados en su búsqueda.

—simple pan, agua simple
hecha de un llanto que la luz hurta a la tierra,
gran avara,
nodriza implacable,
eterna hambrienta.

Pero nuestra raíz está en la luz,
en el aire,
en el hueco azul,
en la mano cóncava de los dioses desconocidos,
en el vértigo tierno del gran pétalo
donde comienzan ya los circos blancos de las nubes.

¡Alegría, alegría! flotilla intacta de barcos de papel
explorando la geografía de la sangre.
Aquí se reparte el pan, el agua y el pez:
—su universo dorado
—su transparencia hecha de tallos de aire
—su disfraz de espejuelos movedizos.

No hay hombre que quede fuera del convite,
porque siempre su mano derecha está macerada de lágrimas
y la mitad del rostro roída por la sombra.

Sección: 
Autor: 
Marta Traba
Número: 
Notas: 
Tomado de Historia Natural de la alegría. Buenos Aires: Editorial Losada, 1952 (poesía).