Un diablo entre nosotros

(Tarde de supermercado)

A la luz de lo visto, un cuerpo danza
alrededor de un vaso de agua. El agua
es un estado. Ella guarda en su casa
la carne de un ciprés, la resina del amor
lo llamaba. Le da vértigo subir a lo alto
de sus labios para decir, vestida de turrón
en verano, que está sola, que no hay
camino más azul que la línea
que divida la sed. Pero alguien entra
—quietos— y se detiene al borde
de los congelados. Congelados
los ojos de las cigalas son un vago
recuerdo de la vida. El humo helado
asciende,
se dibuja en su frente, lenta línea
humilde en el tiempo
que imita la suave luz del crocante.
Leve contorno.
De vaho nace
ahora un beso, del salto y de los guisantes
crece la historia de otro tiempo. El vaho
es un estado. La carnicería es un purgatorio.
Pasea así, delicada, ante los vinos. Las etiquetas
marcan años y lugares. Qué límite da forma
al tiempo y al sabor, en qué lugar
del paraíso detener los pies, callarse, beber.
Reír al contemplar que el pavo
caduca el día de tu cumpleaños. La risa
es un estado. Vuelvo hacia el desierto
que mis manos forman al oler su edad
callada. Sólo eco. En lo alto la humedad talla
figuras blandas, vagas sombras (sombras,
sombras, sombras, dijo Pepe), que en su gesto
nos observan, nos muerden. Viven el idioma
sacro de la sal, estigmas de un cuerpo vendido.
Una fregona, despeinada en su abandono,
soporta el grito de la puerta de emergencia.
Estoy aquí entre alcachofas y sandías,
para hacer de mi cuerpo el límite de tu sed.
Estoy aquí, en la negra soledad del chocolate.

Lo repito. Grito. Deseo.

A la luz de lo visto, un cuerpo danza
y lejana suena la melodía
cierta de su condena:
debe haber un diablo entre nosotros.
 

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Autor: 
Alberto Santamaría
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