Los que regresan

Nos pusimos en marcha cuando voló el último de los
zorzales. Yo hice en la tierra una marca con la punta
del pie.

Caminamos, todo el día caminamos. Éramos tres, cinco,
a veces nueve.

El más viejo de nosotros hablaba en voz alta pero sus
palabras no coincidían con lo que podíamos ver.

Cada uno llevaba sus señales y el cuerpo para
interpretarlas.

Ya bien entrada la segunda noche encendimos un fuego.

Uno que había estado con nosotros desde el principio
se quedó dormido junto a mí y comenzó a hablar entre
sueños. Por aquí pasa el agua, dijo.

¿En dónde?

No puedo señalar dónde.

Y con un movimiento volvió a su sueño. Lo cubrí con
una manta y me quedé callado mirando las brasas
apagarse.

Uno cargaba un puñado de monedas. Uno más llevaba
colgando en el pecho un nombre. Otro iba arrastrando
un cajón de madera sobre la grava. Yo quería andar sin
doblarme, sostener mi propio peso en vertical. Queríamos
resguardar nuestra procedencia.

Llevábamos una piedra en el zapato, granos para
las aves, lo más preciado que reunimos bajo la bóveda.

 

 

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Autor: 
Javier Peñaloza
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