Estación

Era alta la bóveda.
De un lado a otro las vigas
se doblaban sobre sí mismas,
sostenían el peso extendido del acero
que cubría la llegada de los trenes.
Cientos de personas
caminaban por esa entraña de metal
que se abría a la violencia de las máquinas.

Las farolas colgaban sin mecerse.

Era invierno, y en la estación,
bajo la gran cúpula,
se oficiaba la celebración de los que parten,
de los que caminan por los andenes
arrastrando una maleta,
los que llegan antes de partir,
los que esperan que algo de lo lejos
llegue de pronto.

Un dios cierto volvía la nieve lodo
entre los pies de la multitud.

Yo era joven
y esperaba al final del andén
sin saber adónde iban,
sin saber qué llevaban los trenes
que partían de mí.

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Autor: 
Javier Peñaloza
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