El pan mojado como injuria

Migajas de mandil,
talle de miriñaque, ¿tanto importaba el pan?
Hábitos:
renegar, condenar, despotricar.
Con mandobles de garrote
golpeabas
            el perímetro de la postración.
Así empleabas el remanente articulado.
El aire no padece,
             tu ira en vano.

Siempre te servía cena, tajadas,
latillas, sobras que apurar,
te traía las cosas del ganchillo,
el peine, los yogures, los smacks,
tu neceser de hidratantes.

En cada losa un rastro urético.

Desaprendí la primera lección
sobre el cariño.
              Afortunadamente.
Quien ignora es más amado, pero mejor
quien ama a todo pecho.

             Las viejas reglas
se quedan donde quedan tus peticiones de
sangre.
Aposté por la orchata más dulce.

Tus palabras sonaban
a derrape tras derrape.
Especialmente
rechazaste un cedé laserado de copla.

Asegurabas que mi configuración
de tonto y mi cara de hogaza
iba a costarme palos,
que mi glotonería era risible.

Aposté por amar con todo el pecho
y ahora las chinas me hacen trenzas en los bares
y tengo amigos
y una novia muy guapa.
Conozco a americanas con tu nombre
y me hacen hacer este poema
que gasta toneladas de rencor.

Te anegaste sin beso, expiraste sin beso.

Mi palma
no guardará tu tacto.
               No nos quisimos bien.

Hoy
ambos manejamos la indulgencia

con efusión de nubes y tapetes.

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Autor: 
Guillermo Morales Sillas
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