El gran proveedor

¿Qué iba a saber de glúteos escorados
un médico del ochenta y seis? 

Pilar hubiera sido común nombre
pero las gónadas dijeron: «vas a vivir en punta».
No mienten las células cumplidas

y no hubo mascota nunca hubo.

Peinado muchos años
gomoso
y hacia atrás
te figuras el sustento: humo con café,
mercancías rodando por superautopistas,
operarios
porque ya no hay caballos,
pretéritos los cuentos. Todo entonces
trepidante pero moderado, dinámicas, activos
y un reposo ramudo en nuestro sitio b:
la cabaña donde había buena sopa
el níspero de buenos materiales, buenas vistas.

Las manchas de las pascueras
me preocuparon
dos lustros al menos
y usar bidé fue un deseo principal.

Siempre es mejor que quemar bichos.

Un día entre los arrozales —¿quién
forzaba el chitón?— pregunté cuándo sería.

«Te familiarizarás con las pesetas con palabras
como salpicadero». Juro que lo intenté,
hice divisa de pinocha pero en casa
primaban la merienda
y los programas no de caza, sí de confesión.

Y no hubo consola nunca hubo

Ser hombre es un problema serio
pero todavía comparto
aunque torpe
pequeñas euforias deportivas.

¿Tanto delito tienen los patizambos?

«Hijo, son estómagos la vida y te esperan.
Los cerros esperan a ser conquistados. Los almacenes
esperan a ser gestionados. Así sea.
Llora sin moco y sé nervudo.»

Y debía de ir bien pero no sé
dónde truncó la cosa
que todo fue fijarse
en cuánta ausencia
acumulan los tomillos, cómo tupen matas, pinos,
y tañen las chicharras creación.

Es verdad que no generas mucha harina,
no estás hecho,
no es tu simiente recia y eres avainillado
no sabes bien en qué sentido.
Pero algo dice «basta ya de bellotas y querámonos,
queramos los eructos de dios».

Padre, no soy el táurido que anhelas,
no llevaré vida de fresco minoico.

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Autor: 
Guillermo Morales Sillas
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