Un viento cálido

I

Entonces, madre se sentaba en la terraza.
La noche era un vasto paisaje,
un viento vestido de infancia.
Vacas, caballos, cafetales
punteaban el cielo antiguo
y llenaban de aroma a caña
la casa de patios solariegos,
este valle,
los nidos llenos de secretos.

II

Un viento cálido concebía el mundo.
Tus ojos,
lunas como espejos,
guardaban la campiña
palpaban la distancia,
la miel pujando desde el sueño,
la memoria agolpada en la tierra.

III

El viaje empieza siempre en casa,
la casa está llena de caminos tallados por los muertos.
(¡Ojalá mueras en tu casa!).

IV

El trote es lento.
La yegua te acompaña.
Dos días demorabas en llegar a Yegüerizo.
Padre, adelante, rompía el monte,
forjaba el camino,
abajo, la brisa cálida,
arriba, el frío.
Tu pecho palpitaba,
retumbaba florecido
como si fueras un pájaro,
un colibrí, un petirrojo.
De pronto el valle se abría,
y corrías, ciega, 
solo guiada por tu olfato.

V

El universo era nuevo,
nuevo el sol, el río,
la grosella oliva,
nuevo el maíz, la leche, la guayaba.
Todo era tuyo, todo,
la brisa que olía a tierra,
el agua, el sol,
todo.

VI

Las paredes se levantan hechas de viento.
El roble puja al cielo.
Como una diosa pintas los geranios,
las rosas, los cuartos de paredes altas,
el corredor,
los caminos que luego tallarán los muertos.
En uno de los cuartos abres tu cuerpo,
y entran el valle,
la caña, mil memorias,
los colores,
el maíz con su sabor a sol,
el viento vestido de infancia.

VII

Y luego, orabas.
Orabas por la tierra buena,
por el fruto bueno.
Orabas por padre,
pedías perdón por tu lujuria,
por poseer la miel,
el pan, la tierra húmeda,
por profanar el arriba,
el abajo.
por erigir, quizá, un absoluto.

VIII

Tu vientre crecía con la esperma,
la sombra sobre la pared
ovillaba, grande, grande,
el destino:
de este valle
que fue de amos y esclavos,
de fruta y sangre,
la música.
De la memoria,
una tarde en la que un hombre
erigió tu mundo.
De tu cuerpo,
que luego fue pedazos,
y fuego y polvo,
un hálito, tal vez una canción.

IX

Y reías, reías por la vida verde,
por el trinar de un pájaro,
por la mesa de berenjenas,
garbanzos, pepinos, pan y ajos.

X

¿Dónde está Dios?
¿En la patria, en el viento,
en el valle, en la casa,
en el nido, en el níspero,
en el mármol astillado?

XI.

La sombra, disfrazada de viento alegre,
se instala en el alma.
Brazos, cabezas, niños, ancianos,
piernas desmembradas
invaden los caminos,
los ríos rojos,
la tierra rota.
La casa crece con los senderos de los muertos.
Todo es rancio,
tus ojos, lunas negras,
la hierba, todo,
el sol, el viento,
la patria, la vida,
todo.

XII.

Te deshace, poco a poco,
el viento cálido.

Autor: 
Harold Kremer
Número: