La flor de la lujuria

Manos anónimas la desterraron del jardín
cuando el viento encofraba los moldes
para llenar la ausencia.

Las aves emigraron
despavoridas,
se unieron a la niebla abrasadora
y tomaron la ruta suicida de la sombra.

La única cosecha que la noche trajo consigo
fueron los parques vacíos
y el semen escuálido,
casi polvo,
entre las valvas de la flor.

En sus entrañas aletean los pactos incumplidos,
las horas circulan entre diástole y sístole
como perro vagabundo
por las calles en carnaval.

La edad de los combates pasó junto a la tarde
y ahora sólo le queda el consuelo
de contemplar la paz del horizonte.

Ella sabe que a pesar del castigo
hay un embrión que crece
en las más íntimas oquedades del alma
para barrer el silencio
y abrevar la semilla.
El consuelo y la soledad envejecen
olvidados
en un túmulo a orillas del río,
cada grano de arena se convirtió
en óvulo
y el agua entró plácida
hasta su centro.

Las mismas manos del juicio aparecen extendidas.
La flor busca otra vez su sitio entre hojas bermejas,
suya es toda la tierra.

Autor: 
Mireisy García Rojas
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