Humo, hojas...

Humo, hojas, humo de las hojas
que ardían, en el mediodía fugaz, eterno.
Allí, entonces, dijiste y dije,
como si el último juicio se acercase
y quedara sólo una última instancia
antes del trueno y la trompeta.
Dijiste: Todo esto es un mal sueño,
muslo de niño traspasado por el filo de una sombra.

Dije: Pero, ¿y la huella de los pies
en el barro, las tazas llenas
que nos aguardaban, las sábanas vacías,
que nos aguardaban, horas
en que, húmedos y desnudos,
fuimos el reverso del ángel,
el anverso de la centella?

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Autor: 
Carlos Barbarito
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