Fuera la gente sigue...

Fuera la gente sigue tratando de llegar, de alcanzar. Caminan como si por sus alrededores no hubiera nadie, como si fuera una constante competencia.

Ni siquiera saben dónde ponen los pies, caminan siempre mirando hacia delante, avanzan sin saber hacia dónde, se alejan en la búsqueda.

Caminan por calles desvencijadas, por debajo de edificios en ruinas. Una muchacha abre la ventana de su cuarto y me sonríe, un hombre gris mira el metro-contador, un perro come de una hamburguesa bañada en salsa de tomate.

Tengo hambre. En los corredores están las mujeres pintándose las uñas, los niños construyen un mundo de fango.

Tengo hambre. Ayer un viejo me regaló un poema mirándome a los ojos; hacía rato que nadie me miraba así. Eran hermosas las manos del viejo, hermosas y casi muertas.

Hay olor a cadáveres. En las calles hay olor a carne que se pudre. Tengo hambre.

Hay basura en las calles, basura de productos importados, cajas de cigarros, botellas plásticas de refrescos, vasos desechables, una postal con la imagen de una rosa búlgara y la dedicatoria a mamá, la misma, la de casi todos; pero mamá siempre se emociona al recibir el mismo cartón con la tonta flor y aún más tontas palabras.

Algo me dice que me vaya, que no me quede detenido mirando el resplandor de las doce del mediodía.

Acaricio mis pies, rozo mis tobillos con una hoja de laurel.

Recuerdo cómo aquella boca humedecía mis dedos.

Observo la hoja de laurel, observo hasta la minuciosidad tragando en seco el instante en que soy feliz y no calmo el hambre. 

Autor: 
Yanier Hechavarría Palao
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