En los apriscos

Siempre he envidiado la soledad de la celda, la sombra del corredor del fondo, la humedad de aquel útero, la daga que se clava en mitad del alma de los locos cuando gritan vencidos en los apriscos. La paz de la descarga eléctrica.

Paso en carros lentos por Mazorra, paso en carros rápidos, descarrilada en la montaña rusa, por la prisión de Guanajay. Tuerzo el cuello, imagino el paredón, la lava que se derrama del panóptico a los ventanales, taladrando la pared de las prisiones, el dedo fisgón del ojo del guardia hurgando en las camisas de fuerza y en las sayas de las legradas. ¿O es que se puede parir en prisión? Envidio habitar pues ese útero sin claro de bosque promisorio, encerrado en su celda, soñando un lecho de río como lodo.

De dónde este placer por la locura, la violencia, la teatralidad del travestido. Curiosidad malsana de voyeur. Simpatía por los masturbadores solitarios, por los psicoanalistas y sus histéricas, los pedófilos, los transexuales, los asesinos en serie, los drogadictos, los fetichistas, los evisceradores y las putas; empatía por absolutamente todos los que alimentan algún morbo o excentricidad. Coleccionistas de sellos y de carne.

Cuando me vuelva loca voy a gritar mancha de plátano, cuello de botella, blúmer de señora, mano de golpes, molleja. Cuando me lleven al manicomio, maniatada, transida, no voy a transmutarme en pez o rodaja fresca de pepino; voy a sentarme en una esquina a pensar cómo volverme una nada de corcho, un espejismo, un humo sobre el té, un molusco en la arena.


Tomado de El árbol en la cumbre. Nuevos poetas cubanos en la puerta del milenio. Selección de Roberto Manzano y Teresa Fornaris. Editorial Letras Cubanas, 2015.

Autor: 
Jamila Medina Ríos
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