Emancipación del ego

Ese sol que en los siglos clamaba por mi ausencia
hoy departe con nubes de antiguos alaridos.
Las nubes no me aman.

En el último estrato de este cuento
nada es válido
ni se encuentra en mí un recodo de real valía.

Los que gritan que me han visto
          y que en mis valles descubrieron algas
          y que ante el cielo expusieron mis ovejas,
aún no existen.

Desaparecieron los de pecho torpe,
los que adoraban mi pulgar por un centavo,
los que fluían por mis grietas
          y engordaban en mi celda favorita.

No sé por qué sólo los pobres se resguardan en mí
o dicen que la imagen de mi engaño es descarnada
cuando hace lustros pernoctaban en su espera.

No sé en qué aroma
          o de qué coágulo
nace la idea de esta visión aciaga:
lo cierto es que el perfume me adormece
         y es carmín el ardor de mis mejillas.

Veo sensato apenas lo que escucho ahora,
         lo que pruebo,
lo que mis dientes cortan con furor de abeja.

Extraño aquel sitio aunque lo note lejos:
la adquisición de espacios era allí espada y ópalo
y este día,
        el de ahora,
                  trae el suspiro del escaso rincón
que surte la guarida.

No soy viejo.
No quiero ser viejo.

A duras penas hiedo en las horas que no escucho
        un trinar o no siento el viento,
        viento más que otra cosa,
        viento que me devuelve al campanario
        y tañe la melodía del regreso.
Del espacio añorado.
Del vivir otra vez.
De eso que susurra mientras hierve.

Autor: 
Abel González Melo
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