El hombre estacionario

Los pájaros pierden rápidamente el miedo
y aprenden a posarse junto a los gatos de cemento.

Pájaros que no han visto nunca un bosque real
con abedules, cipreses y álamos.

Frágiles seres de ciudad. La noche los sorprende
en aleros de altos edificios,
bajo las chimeneas de las fábricas
o en esos árboles de hollín que crecen
próximos a transitadas autopistas.

Pero con los gatos de cemento
han comenzado a aparecer en algunos techos
pájaros inmóviles que soportan la lluvia y el invierno
en un gesto de canto demorado.
Y seguramente pronto veremos
cómo surgen en nuestros jardines los árboles de hierro.
Con ramas a prueba de huracanes.
(No podrán los enamorados raspar sus nombres en la corteza).
¿Y los tristes pájaros que nunca han visto un bosque
con abedules, cipreses y álamos? ¿Los pájaros que crecieron
en nidos de filamentos metálicos?
¿Sus sueños de amanecer en la rama olorosa de una acacia,
un árbol auténtico, un bosque que cerrándose en torno
proteja a sus polluelos?

Veo los pájaros posándose junto a los gatos de cemento
mientras emplazan frente a mí la estatua de un hombre. El Hombre.
Sufro las ansias de rozar sus miembros de mármol.
Yo tampoco he visto nunca un bosque real,
los abedules, cipreses y álamos han sido desarraigados
de mi mente.

Me estoy convirtiendo en un hombre estacionario.

Autor: 
Moisés Mayán Fernández
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