Diálogo de Rizpa con sus hijos ahorcados como sacrificio a Dios

Entonces Rizpa hija de Aja tomó una tela de cilicio
y la tendió para sí sobre el peñasco, desde el principio de la siega
hasta que llovió sobre ellos agua del cielo, y no dejó que ninguna
ave del cielo se posase sobre ellos de día, ni fieras del campo de noche.

Segundo Libro de Samuel, 21:10

Por tres años el hambre cavó un pozo hasta el corazón de David, adúltero pastor, Rey de Israel. Notando Dios en la sombra del monarca un costillar, remeda entonces poner trampa a la escasez.

—Toma siete cuerdas, ata siete de mis hijos y en el olmo estéril de la sinagoga hazlos colgar, oh Rey, pues volveré cántaros sus vientres y allí de una vez encerraré la plaga.

Suspendidos como reses de mercado cuelgan Armoni y Mefi-boset, hijos de Rizpa, escogidos al azar para la ofrenda. Ella, hilandera de oficio, sin darse cuenta se asoma a la ventana, virgen ya, pues el hambre la denuncia en forma de aureola. Bajo el hacha del día trasquila piel de su única oveja. El vellón es casi un soplo: la sobrevida impone cosechar del animal aun el gesto en la carne florecida. Pero esta mañana la oveja, como un signo, decide morir y el tapiz, cordero tejido para los cuerpos o la mesa, quedará violentamente detenido.

La muerte vestida de lana vigila a Rizpa en el establo, quien, marmórea, divisa a lo lejos los frutos del olmo.

Ahora la vemos tomar su paño truncado y correr hacia el ritual. Una multitud presencia el pendular de los insepultos y aplaude, aplaude la abundancia por venir.

—Olmo, atrévete a forjar tus propios vástagos. Olmo juglar, los hijos me llaman con palabras de títere.

—Madre, ¿te acuerdas?, cuando niños intentamos vivir en un árbol.

—Sí, madre, veíamos pastar los ejércitos de lana.

—Los labriegos no durmieron anoche, afilaban sus azadones con tibieza. En el inicio de la siega han cosechado a mis hijos. No pretendan, oh fieras del cielo, desayunar sus ojos. No habrá convite para ustedes, bestias de tierra.

Durante cuarenta días con sus noches imantadas, Rizpa, hija de Aja, fue madre y atalaya. Armoni y Mefi-boset quedaron quietos, mudos de muerte.

Dios está mirando al olmo, patria de los cadáveres. Dios está mirando a Rizpa, olmo femenino. Rizpa y Dios se miran...

Entonces el Altísimo, transformado en lluvia, entra por la boca de los ahorcados y en lo profundo de sus vientres llora. 

Autor: 
Liuvan Herrera Carpio
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