Cíclope

tenía un ojo grande pero no sabía mirar.
una tarde en que mi madre había planchado,
mi padre se acercó y nos dijo:
«me voy a Zamorana». del resto nada supe.
aun sabiendo que se iba no dolieron sus palabras.
comencé a vivirlas, a vagar dentro de ellas.
desde aquel día tenemos la misma edad.
cumplimos el mismo tiempo de estar solos.
comprendo que a él le debo la costumbre
del que mira con desgano contra el mar.
pienso mientras tanto que no conviene
asombrarse de nada. ya es hora de volver.
van y vienen las casas, los niños y los árboles;
y en la dura corteza de la tierra el sol insiste.
de vuelta ya, buscando a alguien, veo a un hombre
resbalar y caer. queda tendido en tierra. me acerco
a levantarlo. a su lado otro habla en tono imperativo.
no entiendo lo que dice, ni sé lo que desea. lo tomo
de la mano y pienso que debo presentarlo.
«éste es tu hijo»: le digo. pero el hombre tenía
un ojo demasiado grande, y no sabía mirar.

 

Autor: 
Oscar Roilán Cruz Pérez
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