Besos de Judas

Mi abuela Ana Audelina gritaba como un cataclismo
porque mis besos eran la forma interminable
de molestarla cuando quería verla enfurecida.
Quizás era una verdad celestial
su manera de llamar besos de Judas
a los cariños que yo le repartía en el recuerdo,
como si ella fuera el hijo que me iba a nacer mucho después.
Pero mi abuela se fue «como el sol cuando muere la tarde...»
y me quedé parado en medio de un dolor muy lejano.
Entonces, con el pasar de los años más atroces,
comprendí que mis insoportables besos de Judas
eran mi despedida eterna para Ana Audelina;
porque ahora que no la tengo conmigo en el poniente
recuerdo con una sonrisa de poeta maldito:
Que mi manera de mortificar en la locura
su carácter de amazona sin remedio
es la forma más universal de tenerla conmigo,
ahora, que estoy solo como un perro debajo de un banco.

Autor: 
Elías Henoc Permut Pis
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