El tropiezo

La única vez que he mostrado algún tipo de interés
en el concepto de la máquina del tiempo
fue cuando escuché por primera vez que el origen de la calvicie
en el hombre podía remontarse al abuelo materno.
Me imaginé montándome dentro del singular aparato
con un frasco de veneno escondido en un bolsillo,
y, por si acaso, un cuchillo de cocina recién afilado.
Claro, que no lo había pensado con mucha atención.
Pero aún después de darme cuenta del inconveniente
que representaba la erradicación de mi propia existencia
sin mencionar la posible existencia de mi madre,
aparecí con una mejor justificación para retroceder en el tiempo.
Ahora me imagino colocando las coordenadas
para finales del siglo XIX, condado Waterford, donde,
después de esconder la máquina detrás de unos arbustos
y localizar al hombre que nunca conocí,
podríamos disfrutar varios güisquis y algo de charla
sobre las dificultades de la vida y mis ropas extrañas
después de lo cual, con su permiso por supuesto,
me montaría en su regazo
y descansaría mi mano en el declive de su cabeza,
ese domo, que cubría la atormentada iglesia de su mente
y que a su vez la mayor parte del tiempo estaba cubierta
por el sombrero negro empolvado que hace un momento colgaba en un
perchero
en la pared.

Sección: 
Autor: 
Billy Collins
Número: 
Traductor: 
Armando Ibarra