Cuaderno de las cicatrices

Bajo el laborioso artesonado de resecas maderas de la plaza de mercado, en las mesas desvencijadas de los comedores custodiados por poyos de baldosines de esmalte, me siento a almorzar. Muy pronto llegan dos policías de la estación vecina y se sientan en la misma mesa. Uno de ellos, el más joven, saluda con amabilidad, mientras conversa con el otro. Ése está de civil, aunque es claro que es policía. Tal vez si no estuviera acompañado por el otro no sería tan evidente su condición, y es en cambio, hosco y no saluda. Yo estoy en la cabecera de la mesa, de tal manera que quedo mirando sus perfiles. Mientras ambos toman su humeante sopa y cruzan palabras, me doy cuenta de las cicatrices que bordan la garganta y el cuello del más viejo. Tienen el recorrido caprichoso de las esquirlas hirvientes, y la marca brillante en la piel del fuego apagado.

En la fila del banco, detrás de mí, un hombrecito risueño, me conversa. Tiene un hoyo debajo de la quijada, justo donde el maxilar dobla para hacer ángulo y volverse mentón. Si se viera así nada más, podría decirse que es el rastro de una operación; pero en el otro lado del cuello, dos leves trazos en relieve de cuchilladas en la carne, hacen saber de la furia del combate.

Bajo la sombra ociosa de los mangos, y cerca del curso arremolinado del río, en el bochorno del puesto de frutas de la carretera, observo al hombre que pone las sandías en el auto. Sus manos sin dedos son como las palmas de una foca. ¿En qué instante tuvo esa distracción? ¿Cómo fue que no atinó a arrojar la dinamita en la corriente turbia y dudó de la lumbre de la mecha? Odiosa mañana de ironía en la que sus falanges trizadas fueron a ser pasto de los bagres.

De pronto se agrió la discusión con los del sindicato. Alguien dijo no sé qué cosa y de los abucheos el asunto pasó a los silletazos. La única alternativa fue correr y, al cerrar la puerta, cuando ya se creía a salvo, sintió el planazo de la rula que le hendió la carne de la cara, desde la oreja hasta la comisura del labio. No supo cómo salió vivo, pataleando desde el suelo, defendiéndose.

 Las aguas de la fuente se habían roto hacía rato. El cuerpo palpitaba en cada estertor. La dilatación y las contracciones llevaban su curso obligado. Pero el médico tenía una cena, así que el alumbramiento fue por una cesárea apresurada. En el vientre adorable quedó, como una tachadura en una página perfecta - cerca del ombligo - el trazo torpe del bisturí.

Autor: 
Fernando Herrera Gómez
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