Una nada cubierta de hojas

Sé que no existo
que sólo fui una lluvia en los ojos del halcón
pero te traigo piedras silenciosas
y sé también que temí entrar con mis manos
en tu sueño,

Entrar en tu casa y escuchar el eco de mi voz
dispersarse y morir en aquellas habitaciones
llamándote,

¿Era yo el que había muerto?
O eras tú, el que inventaba el aire, como jugando,
altos y claros surtidores
y bellísimos pájaros brillantes como joyas.

¿Y quién eras tú
si yo reía?

¿Qué ruinas invisibles del mar y de la noche,
qué fuegos sagrados,
ardieron siempre para ti,
desde el más remoto pasado?

Pero tú, sin saberlo, en la casa de la sombra
suavemente te desvanecías,
se abrían puertas, se cerraban,
como llamándote,
cubierto ya tu rostro con la máscara infinita.

¿Quiénes somos?
¿Qué rosa fragante es ésta
que a ti y a mí nos aprisiona?

Sólo sé
que tú y yo somos un viento inmortal,
el enigma de unas alas rozando la inmensa pirámide
que sostiene el tiempo
y su derrota.
Una nada cubierta de hojas.

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Autor: 
Gerardo Rivera
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