Quito

El palacio del Inca
ha sido destruido.
La cancha es ahora plaza.
En templos nuevos hechos
con las piedras de antes,
los invasores honran
a santos extranjeros.

Los tejados dejaron de arder.
La sangre derramada
se evaporó.
Los huesos se han deshecho.
Las Vírgenes del Sol no son ya ni siquiera
un recuerdo de ancianos.

Una placa en la calle,
entre cristal y prisas matutinas,
celebra el sitio del inicio
de cierta seducción, de la corona
lanzada de un balcón,
hacia las sienes del guerrero mestizo.

De montes y volcanes
baja una niebla rara.
Desde la madrugada,
va cubriéndolo todo.
Y el sol renace sobre valles
de una incierta blancura.

Ciertos días, el tiempo se detiene
por un momento entre las cumbres.
Luego, como un mosaico
de nuevas y de olvidos,
la vida continúa.

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Autor: 
Rodrigo Escobar Holguín
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