¿Para qué sirve la manzana? ¿Es comprensible la lengua poética de hoy?

¿Por qué hay tantos poetas en nuestra época? "Porque hay muchos que confunden el deseo ardiente de la fama poética con el talento poético." En la respuesta de John Stuart Mill el lector puede descubrir la tranquilizante explicación. Sin embargo Mill, excelente pensador positivista, escribió lo que escribió hace unos ciento cincuenta años; además, él no buscó las causas del raudal de poetas húngaros, sino de los ingleses de su tiempo. En este caso es bien posible que el hecho de considerar demasiados los poetas por parte de los lectores es un fenómeno más constante de lo que pensamos. También es posible que lo inmenso del presente es escaso desde la perspectiva del futuro. Finalmente, es posible que respecto a la poesía viva exista en nuestro interior una especie de desprecio o impaciencia.

¿Por qué existiría? -se pregunta resignado el lector que no se enfrenta con sus propios sentimientos. Sin duda, podría existir con pleno derecho, y hasta existe. Hoy incluso más que ayer o anteayer. Puesto que los poetas desde hace unos cien o ciento cincuenta años en vez de hacer declaraciones comprensibles también en prosa, comunican incurablemente, con rimas y ritmos, algo totalmente distinto (cuando es que comunican), y hoy en día hasta desatienden las rimas y los adornos rítmicos. En sus versos quebrados -como si tuvieran pereza de llenar honradamente la hoja- se esconden tantos enigmas, confusiones, disparates. Y lo que no entendemos, no lo captamos, lo que nos detiene pone en nuestro camino dificultades, eso en la mayoría de los casos nos enoja.

El escritor de esas líneas asegura al lector que entiende su enojo confesado u oculto. Después de dos o tres noticias claras, tranquilamente abarcables -por ejemplo, atentado de bomba, encuentro de jefes de Estado, emplazamiento de cohetes- es raro leer de repente algo semejante sobre la guerra o el curso de la historia: El tiempo hace esponja de los cadáveres reblandecidos debajo de la silla de montar de hierro fundido y borra con ellos la pizarra en la que se arrastra, en rayos ciegos, la rastrera sangre (Ottó Orbán). Es confuso, además inquietante. Por supuesto siempre hay gente que no se siente apartado por esa silla de montar de hierro fundido y por la esponja, más aún, se empecina y dice: a ver, ¿realmente es confusión ésto, realmente es disparate? Supongamos -argumenta- que nuestros poetas escribieron los poemas contemporáneos empleando palabras húngaras, pero con una construcción de significación ajena al uso cotidiano, creando así con nuestras palabras un sistema de signos modificado, desviado. Ya habían descifrado cosas más complicadas: escritura pictográfica desconocida, escritura cuneiforme, en tablas de piedra o de arcilla, e informes de guerra cifradas de todo tipo. Y se pone manos a la obra. El escritor de estas líneas es un obstinado fastidioso.

¿Cuál es el resultado? Que no consigue inventar a cada rato la pólvora: efectivamente, la poesía comunica intencionadamente algo distinto que la prosa, además, de diferente manera. Algo distinto: monólogo interior construido. De diferente manera: coge el idioma de nuestra comunicación cotidiana y hace de ello un idioma aparte. Además, un idioma que cambia constantemente (según épocas y personas). Si Sándor Weöres en un hermoso poema infantil dice: Roya manzana en la rama de mi corazón / en su copa resplandeciente, / se la daría a quien la quiera, etc., entonces claro está que esta roja manzana no es manzana. Hasta el lector infantil puede deducirlo (si no por otra cosa, por el ambiente de la estrofa anterior) que se trata de la alegría o incluso del cariño. Si Kosztolányi dice en su poema donde cita a Benedek Virág: hubiera ofrecido por mi poema una manzana, en este caso la manzana es el reconocimiento poético, poco menos que una condecoración. Si Árpád Tóth traduce a Rilke con estas palabras: No podíamos conocer su inaudita cabeza en la que maduraban las manzanas de sus ojos, entonces esta manzana es: la pupila.

Y así sucesivamente. Prescindo del comentario de que esta cotidiana fruta sabrosa a qué puede además corresponder, por ejemplo, en el campo de los donaires femeninos. Pero si empiezo con las frutas el desfile de mis ejemplos acerca de la transformación del significado poético me queda por preguntar sobre aquella ciruela que ahora madura ("tendida bajo el árbol"), y a cuya recolección está tan invitada la Eva de mi corazón, ¿qué tiene que ver con la ciruela o con su recolección? (1)

En una palabra, ya las canciones populares se sirven de las transformaciones del significado. Así que no tenemos ningún derecho a fastidiarnos porque nuestros poetas dan un paso más en este camino de transformar el idioma, además en el siglo XX éstos son pasos cada vez más atrevidos, pasos dados en algunas ocasiones hasta con botas de siete leguas. De todas formas el "idioma" hablado hoy en día es el resultado de un cambio zigzagueante de siete décadas. Cada década y cada poeta significativo dejó su huella aquí o allá, deteniendo o impulsando hacia adelante. Al final ha resultado ser un sistema de engranajes entretejidos donde, junto al habla natural, está presente o incluso domina la comunicación escondida en cambios de significado, en acumulaciones de imágenes, en contracciones de palabras y en cambios de la forma de las palabras: en algunos casos -últimamente- puesta incluso en mañosas infracciones gramaticales. Antes era más fácil ser lector de poemas - suspira el que procura seguir a nuestros poetas. Y si su gusto se ha estancado y lleva tiempo sin ejercitarse como lector en este cambiante idioma poético, incluso puede exclamar: "¡Con toda seguridad, los poetas de antes, aquellos así que eran excelentes!" El hecho de que nuestros grandes clásicos hayan sido "excelentes", es indudable. ¿Pero que hayan sido fáciles en su época? El especial uso lingüístico de los grandes poetas del siglo XIX nosotros, digamos, lo aprendimos al mismo tiempo que el habla cotidiana. El simbolismo de Ady, en algún tiempo incomprensible, se convirtió en nuestra propia sangre en la escuela. Y el alcohol denso, embriagador, del espíritu de Attila József, lo tomamos hoy cual un vaso de agua. ¡Pero hoy!

Mas los niños, los estudiantes de hoy día, ¿hasta qué punto entienden? y ¿cómo disfrutan de nuestros clásicos? ¿Ellos también respiran su idioma con el habla cotidiana? He aquí el nuevo problema, consecuencia directa del rápido cambio del modo de vida. Ellos sí que no están de acuerdo con la opinión anterior del lector. Sus dificultades respecto a los textos clásicos no surgen tan sólo a la hora de la transformación poética, más bien, a menudo ni conocen el sentido cotidiano de las palabras. Veamos sus curiosas preguntas primero en un ejemplo indirecto, el de una canción popular de los kuruc (2) . A lo largo y ancho del país todos los colegiales saben de memoria -siendo un texto obligatorio de aprender -la canción que empieza de la manera siguiente: Hice el camino de las tropas. El segundo verso dice: No sostuve la brida de mi caballo. Los niños, incluso si viven en un pueblo, no suelen cabalgar, nunca tocan una brida, son incapaces de descifrar el sentido tan evidente para sus antepasados: en el camino de las tropas no me detuve, no cuidé mi sangre, tampoco me cuidé a mí mismo. Los niños estudian el Toldi en el sexto, el que -junto a otros encantos- es también un maravilloso cuento, apropiado para ellos. Menciono aquí todo aquello que no comprenden de las primeras tres estrofas tan sólo porque el concepto o composición de conceptos no figura en su vocabulario el vastago del saladar, rebaño de saltamontes, hierba creciente en el I rastrojo, madero magro, cigoñal larguirucho, viga del carro, plumas de mozo, madera de prohibición, camino allende (No hablare del montó Laczkó, pues lo explicó el mismo Arany en una nota)

Aludamos entonces con mesura a nuestros clásicos En su época pocas veces fueron tan simples (y para los nuevos lectores hoy tampoco lo son) Nos guste o no, hemos de aceptar tenemos que pagar por nuestros placeres, hasta el placer estético más sutil nos cuesta esfuerzos Sin agujetas no hay verdadero montañismo, aunque más tarde recordemos sólo el maravilloso panorama La impaciencia o avidez del hombre moderno exigiría para cada cumbre un funicular Sin embargo para las cumbres de los poemas cada uno tiene que construir previamente su funicular -por decirlo con un galimatías en sí mismo

Respiremos hondo y afirmemos la lectura de poemas no es otra cosa que resolver rompecabezas Por lo menos, algo así No hay problema, hoy en día son tan solicitadas las revistas de rompecabezas, está tan de moda solucionar enigmas Por supuesto, para lograr con éxito algún resultado hace falta algo de cultura y de práctica que fijen de antemano el camino de la inventiva ofreciendo los esquemas de la aproximación Y, por supuesto, hace falta el deseo de conocer el "secreto" oculto Hasta ese punto las cosas coinciden

Sin embargo, hallamos aquí en el resultado una diferencia que no puede ser indiferente El que resuelve un rompecabezas, si se mete en ello, logrará saber algo. Pero su éxito no es el saber obtenido, más bien, sólo el hecho de que haya podido obtenerlo. Su éxito es una auto-de-mostración. Es innegable que la autodemostradón es también factor de la asimilación estética. Descifrar la comunicación, la información de una obra, puede ser placer de la misma manera que la mera percepción -independientemente del argumento. Pero en este caso la solución generalmente tiene argumento, tiene residuo, y he aquí su esencia.

Este residuo, en caso afortunado, aumenta una especie de cuenta comente. Puesto que existe en el interior de cada uno de nosotros un banco que guarda nuestros tesoros sentimentales. Es el almacén de poemas, fragmentos líricos, melodías, piezas de música, vivencias expresables o inexpresables con palabras, rostros, situaciones y paisajes. Hay quien lo tiene muy reducido, pero hay quien lo deja crecer y es inmenso. Y se pueden sacar todos sus valores almacenados en la cuenta corriente válida del presente. Incluso los sacamos, más a menudo de lo que pensamos. Se nos ocurre una melodía, ponemos un disco, repetimos un fragmento de algún poema, nos apuramos a aclarar el presente de nuestro estado sentimental. Con la ayuda de una fórmula sentimental ya escrita, anotada, estudiada aclarar lo instantáneo que en aquel momento se arremolina en nuestro interior. Permítanme no repetir que toda música buena, cada verdadero poema o fragmento es una fórmula semejante. En el luto el Sermón funerario de Kosztolányi, en el pánico, el Entre otoño y primavera de Babits, en la desesperación el "no hay esperanza" de Vörösmarty, o su advertencia
"Sin embargo, sin embargo hemos de esforzarnos". De los tesoros del infinito almacén de la poesía todos guardamos de esa forma algo en nuestra caja fuerte. Permítanme no explicar que en algún momento del presente cuánta es la fuerza que nos da, o cuánto nos reconforta sacar estos tesoros. (Véase sobre este tema el testimonio de los diarios de guerra y de prisión de nuestra época.) Somos seres que vivimos distintas variedades de amenazas interiores y exteriores, de descargas, sitios, cautiverios y limitaciones. Luchamos con nuestras determinaciones. Tumbados entre depresiones y euforias, entre grandes momentos esperanzadores; forzados cada día a elecciones morales - viviendo la historia de nuestra era. Aquella cuya etapa al principio de ese artículo evocó Ottó Orbán mencionando la pizarra borrada y la rastrera sangre, y de la que en su época, desde la cercanía, así habló Ágnes Nemes Nagy: No hay manera de pronunciar algo tan amargo porque nuestra garganta es más estrecha que el cañón, y en la que ///yés se daba ánimos así: Porque, aunque en ninguna parte, estoy en casa, / lo real es aquello que yo veo, / incluso si, cual espejismo, / veo al revés el mundo; aquel mundo que Pilinszky, pasado el cataclismo pero incapaz del olvido sintió así: estoy quemándome en la vitrina del presente. Y de la que Lászió Nagy dice en nombre de todos los poetas presentes y futuros: Hemos nacido para aportarle algo bueno al mundo.

(1) Se trata de una canción popular húngara cuyo texto es aproximadamente éste: Eva, Eva de mi corazón I ya madura ¡a ciruela / tendida bajo el árbol / ¡a recogeremos por la madrugada, (trad.)
(2) Los kuruc son los soldados húngaros sublevados contra la opresión habsburguesa a principios del siglo XVIII.

Autor: 
Balázs Lengyel
Número: 
Traductor: 
Mercédesz Kutasy