¿En qué piensa la literatura?

Philosophie dúrfte man nur dichten: la filosofía sólo se la podría hacer en forma de poemas. Esta frase la hubiera podido escribir Heidegger, y además quizás la escribió. Se encuentra en un conjunto de notas fragmentarias redactadas por Wittgenstein, donde ella resuena irónicamente, en una perspectiva critica, en segundo grado por así decirlo. (1) En otra de sus notas, Wittgenstein se entretiene en recordar el ejemplo de Pascal "quien admira la belleza de un teorema de la teoría de los números; se diría que admira la belleza de la naturaleza". (2) ¡Cómo es de bello lo verdadero, y sobre todo cómo es de bello ser reconocido como verdadero! Aparentemente en el mismo sentido, Wittgenstein observa una "extraña semejanza de una investigación filosófica (quizá sobre todo en matemáticas) con una investigación estética", y agrega, con el propósito sin duda de tomar distancia con la actitud de ingenua adhesión que por lo demás se le atribuye a Pascal: "Por ejemplo, lo que no va con tal vestido, lo que le cuadra bien, etc.". (3) De esta manera, poner en forma poética la filosofía, seria conducirla de nuevo a la resolución de un problema de ajuste, sometida "estéticamente" a juicios de gusto.

Para avanzar en este tipo de maneras de pensar, se diría que la filosofía no es otra cosa que literatura: como si finalmente debiera encontrar su verdad en la literatura. Verdad silenciosa, relegada a las márgenes de un texto; es la tesis que sostiene Derrida: "La metafísica ha borrado en sí misma la escena fabulosa que la produjo y que, sin embargo, continúa activa, inquieta, inscrita con tinta blanca, dibujo invisible y recubierto en el palimpsesto". (4) Se diría incluso que lo filosófico de la filosofía, es decir la reflexión critica de su propio discurso, regresa en última instancia a la literatura, que de alguna manera traza sus límites, hacia los cuales vuelve como a un origen secreto, donde se sumergen las pretensiones especulativas de un pensamiento puro Y absoluto.

Hacer de la literatura lo reprimido de la filosofía es invertir la posición tradicional de una hermenéutica, que presenta a la literatura como el lugar de una revelación esencial, y considera a la filosofía, por lo tanto, como lo impensado, o lo aún no pensado, de la literatura. Lo que vuelve a exorcizar, remitiéndolo a su naturaleza fabulatoria, el mito de una literatura llena de sentido, sin pedir otra cosa que ser reconquistada, descubierta, para expandirse como en la mañana clara de su primera verdad. Al mismo tiempo es admitir que los textos literarios no son más que ocasionalmente atravesados por un pensamiento alusivo, al punto de parecer ausentarse, hasta la desaparición. ¿Hasta dónde un pensamiento semejante figura en el discurso de la literatura como un incidente, pudiendo sin mayor dificultad permanecer inadvertido? ¿O contribuye a tejer necesariamente su trama? ¿Qué forma de pensamiento se encuentra en los textos literarios, que pueda extraerse de ellos? Pues si en la literatura se reconoce la verdad de la filosofía, es necesario que también se encuentre alguna verdad, en el sentido filosófico del término, en los escritos literarios.

"Nada exige que se resuelva la oposición filosofia-literatura; por el contrario, juzgarla permanente y siempre nueva nos da seguridad de que la esclerosis de las palabras no se ciña sobre nosotros como un casquete de hielo". (5) La confrontación de la literatura y la filosofía parece encerrada en un círculo inmemorial. Según Diógenes Laercio, los pitagóricos habían acusado a Empédocles, el filósofo poeta, de haber divulgado los secretos de su secta, utilizando para hacerlos públicos formas poéticas tomadas de Homero. (6) Pero, en su vida de Platón, donde cuenta que, según Akimos, "Platón utilizó mucho las obras del poeta cómico Epicarmo", Diógenes Laercio cita del propio Epicarmo este pasaje: "Quienquiera tome mis versos, los despojará de su ritmo, /les dará una vestimenta de púrpura y los engalanará/ y llegando a ser irresistible, convencerá a los más rebeldes". (7) En el gran debate de lo exotérico y lo esotérico, de lo mostrado y lo oculto, filosofía y literatura están en el engranaje, como si, en un intercambio perpetuo, la una diera a la otra, y ésta a aquella, el impulso inicial que las hace moverse: al trazar la figura de "Sócrates músico", Platón mismo sumergió mito y logos en un mismo fondo originario. (8)

Literatura y filosofía están "mezcladas" inextricablemente. (9) Al menos lo estuvieron hasta el momento en que la historia estableció entre ellas una especie de reparto oficial. Este momento se sitúa a fines del siglo XVIII, cuando el término "literatura" comenzó a ser utilizado en su significación moderna. (10) Diderot asistió a este cambio decisivo que vio establecer la distinción entre literatura y filosofía, y dio de ello un testimonio nostálgico, como si él mismo estuviera situado en la orilla anterior, aislado por esta ruptura:

Un sabio era en otro tiempo un filósofo, un poeta, un músico. Estos talentos han degenerado al separarse; la esfera de la filosofía se ha estrechado; las ideas le han faltado a la poesía; la fuerza y la energía a los cantos; y la sabiduría privada de estos órganos ya no se ha hecho oír más a los pueblos con el mismo encanto. (11)

Kant, situándose al otro lado de esta misma fractura, legitimó el reparto que ésta había instaurado, en el contexto de una radical revolución de pensamiento, que excluía todo retorno al estado anterior: No existen bellas ciencias, sino sólo bellas artes... Una ciencia que deba ser bella como tal es un sin sentido. Pues si se preguntara, en tanto que ciencia, por los principios y las pruebas sólo se obtendrían palabras llenas de gusto (bons mots). (12)

Seria mejor entonces que lo verdadero fuese feo: rechazando la antigua confusión entre lo verdadero y lo falso, Kant colocó entre ellos un limite infranqueable, y sostuvo que someter el discurso especulativo a un juicio de gusto seria debilitar su contenido racional.

[…] El arte se detiene en alguna parte, puesto que se le ha impuesto un limite más allá del cual no puede pasar, limite que por otra parte ya ha sido verdaderamente alcanzado desde hace mucho tiempo y que no puede volver atrás. (13)

La concepción hegeliana de la muerte del arte parece anunciarse aquí: en el momento en que el arte alcanza los límites impuestos a sus pretensiones, no le queda nada más que hacer sino retirarse para dejar el campo libre a otras formas de producción espiritual, irreductibles a sus propios criterios. Al fin, esta idea desemboca sobre un esteticismo, del tipo profesado por Croce, para quien el fenómeno artístico, debido a su carácter pre-racional, representa la intuición inmediata, liberada de toda dependencia con respecto a una toma de partido ideológico o teórico: el acto creador se expresa directamente en la totalidad pura de la obra, donde intuición y emoción reinan de manera absoluta, en ausencia de la distinción entre una forma y un contenido. Entonces, liberado de toda preocupación racional, el arte afirma su independencia con relación a la ética, la política, la filosofía, que no pueden sino aprovecharse abusivamente de él.

Las condiciones en las cuales fue trazado este esquema separador así lo muestran: el cara a cara de la literatura y la filosofía, que las constituye como esencialidades autónomas, encerradas en el campo que .define a una y a otra, y les fija sus limites, es una producción histórica. Esta producción corresponde a un momento muy particular en el desenvolvimiento del trabajo filosófico y literario, donde estos son precisamente sometidos a reglas independientes y opuestas. Entonces se inauguran simultáneamente el reino de la Literatura y la especulación sobre el fin de la Filosofía: dos paradigmas “modernos” por excelencia. (14)

¿Habrá pasado el tiempo de este reparto? Es esto lo que no puede decirse, al menos profetizar, lo que también es una manera de seguir siendo moderno. Pero debe ser posible regresar a la distinción que instituye, despojándola de su carácter de determinación esencial, tal como ha prevalecido durante más de dos siglos. Entonces, “desenredar” lo que, en los textos, corresponde a lo filosófico y a lo literario, consiste en aflojar la trama a través de la cual se cruzan sus hilos, pasando uno por encima del otro, anudándose y desanudándose, enmarañándose y tejiéndose, de tal manera que formen una red diferenciada dentro de la cual se unen sin confundirse, bosquejando configuraciones de sentidos singulares, enigmáticos, híbridos. De cierta manera, se propondrá aquí defender la vocación especulativa de la literatura, al sostener que ella tiene auténticamente valor de una experiencia de pensamiento: es en este sentido que hablaremos de "filosofía literaria". Pero simultáneamente evitaremos caer en la doble alternativa que encontramos entre una "literatura" vacía o plena de "filosofía" y una "filosofía" vacía o plena de "literatura". Pues si, como se acaba de sugerir, la literatura como tal no existe más que a titulo de un concepto filosófico, este concepto no agota la compleja realidad de los textos literarios.

Releer a la luz de la filosofía obras consideradas como pertenecientes al dominio de la literatura, no significa en ningún caso reconocerles un sentido oculto, en que se resumiría su destino especulativo, sino poner en evidencia su constitución plural, susceptible como tal de modos de aproximación diferenciados. Pues si ya no hay discurso literario puro como no hay discurso filosófico puro, sino discursos mixtos, en los que interfieren, a varios niveles, juegos de lenguaje independientes en sus sistemas de referencia y en sus principios, es también imposible fijar de una vez por todas la relación de lo poético o de lo narrativo con lo racional, relación que se presenta universalmente en las figuras de su variabilidad. Debe aparecer entonces que lo filosófico interviene en los textos literarios en diferentes planos, que deben ser disociados con cuidado según los medios que requieren y las funciones que cumplen.

En el nivel más elemental, la relación de la literatura con la filosofía es estrictamente documental: la filosofía aflora a la superficie de las obras de la literatura a título de una referencia cultural, más o menos trabajada, como una simple cita, que por lo demás, debido a la ignorancia de sus lectores y comentaristas, con frecuencia pasa inadvertida. En otro nivel, el argumento filosófico cumple con respecto al texto literario el papel de un verdadero operador formal: es lo que sucede cuando se diseña el perfil de un personaje, se organiza el ritmo general de un relato, incluso se engalana su decorado, o estructura el modo de la narración. En fin, el texto literario también puede llegar a ser el soporte de un mensaje especulativo, cuyo contenido filosófico se sitúa a menudo en el plano de una comunicación ideológica. Responder a la pregunta: “¿En qué piensa la literatura?”, es tener en cuenta todos estos órdenes de consideración, y, por lo menos al comienzo, no privilegiar ninguno de ellos: tal es la condición para que, de la lectura de textos literarios, pueda en su momento obtenerse enseñanzas filosóficas.

Ejercicios sobre filosofía literaria

Sea un cuerpo, más o menos aleatorio, constituido en esta forma:

CVJS: Les cent vingt journées de Sodoma (Sade, 1784)
C: Corine ou de l’Italie (Madame de Stael, 1807)
S: Spiridion (Sand, 1839)
M: Les Misérables (Hugo, 1862)
TSA: La tentation de Saint Antoine (Flaubert, 1874)
D: Documents (Bataille, 1930)
PMA: Pierrot mon ami (Queneau, 1942)
EPY: Entretiens avec le profeseur Y (Céline, 1955)
RR: Raymond Roussel (Foucault, 1963)

Sorprende inmediatamente el carácter desordenado de esta enumeración donde se colocan uno al lado del otro escritos narrativos, a la manera de Corina y de Mi amigo Pierrot, textos que responden al género de la literatura de ideas, como Spiridion y La tentación de san Antonio, y reflexiones de carácter teórico sobre la naturaleza del fenómeno literario, tales como los que se extraen de los artículos publicados por Bataille en Documentos, las Conversaciones con el profesor Y, de Céline, y el estudio que Foucault consagró a Roussel. Inclasificables, porque todas estas categorías les conciernen por igual, y las trascienden al mismo tiempo, Los ciento veinte días de Sodoma y Los Miserables, monumentos aislados en su excepcional singularidad, que parece encarnar una especie de absoluto. Sin embargo, a estos textos los une el hecho de que pertenecen todos a la edad de la Literatura, tal como ésta ha sido empleada desde hace casi dos siglos hasta hoy. En conjunto ellos jalonan el espacio propiamente literario, con sus grandezas y sus caídas, sus amplias perspectivas y sus más estrechas vías, o incluso sus atolladeros, según el sistema complejo de relevos que pone en relación las formas aparentemente espontáneas y las formas manifiestamente reflexivas de la escritura, pero también la “grande” y la “pequeña” literatura, pues hay que poner en comunicación a Víctor Hugo con Eugéne Sue, Gustave Flaubert con Jules Verne, Raymond Queneau con Pierre Véry, y al mismo tiempo hacer móvil la frontera que parece separar lo decible de lo innombrab1e. Más allá de la distinción de los géneros y de los criterios de evaluación que convencionalmente separa lo "literario" de lo que no es reconocido como tal, este corpus ofrece, en razón de su carácter no sistemático, un material de trabajo libre con respecto a cualquier prejuicio esencialista; la hipótesis a partir de la cual se construye es sólo la de un "apriorihistórico", que da sus condiciones de posibilidad a las diversas experiencias a través de las cuales la literatura y la filosofía se han confundido al separarse, sin que ninguna forma doctrinal fije su relación, es decir, resuelva definitivamente el problema que resulta de su confrontación.

El estudio que voy a presentar de este corpus se apoya en un postulado que podría formularse de esta manera: los textos que reúne son susceptibles, en la medida en que pertenecen al campo histórico de la "literatura", de lecturas filosóficas, en las cuales la filosofía interviene, de manera no exclusiva, como sistema de referencia y como instrumento de análisis. Entiéndase bien: no se trata de proponer una interpretación filosófica de estas obras, interpretación que las remitiría al fondo común de un pensamiento del cual ellas ofrecerían las diferentes manifestaciones, sino de sugerir lecturas, en las que el modo de aproximación filosófico de los escritos literarios estará cada vez más singularmente implicado, de manera determinada y diferenciada.

Siguiendo este camino, se tratará de escapar a una confrontación frontal de la literatura y la filosofía. ¿Cómo presentar este trabajo de manera tal que eleve la disparidad al rango de un principio? Para comenzar, enumeramos títulos de libros en orden cronológico. Pero es evidentemente imposible sacar algo de esto, sino fuese porque suscita la ilusión de una línea de evolución continua: podría entonces creerse que la literatura, a imagen del héroe de una de sus fábulas, se consagró a la exploración progresiva del espacio que la define, con el propósito de investirla finalmente como totalidad, y de identificarse ella misma a través de ese gesto de apropiación, al final de un proceso en el cual el pensamiento filosófico seria intervenido como una mediación. No se obtendrá más que un modo de clasificación de los textos que reposa sobre una tipología, y que organiza, de una vez por todas, los modos según los cuales se realiza lo que se llamará para terminar, cuando llegue el momento de proponer una lectura transversal de todas estas obras, "filosofía literaria".

Estas formas de exposición, cronológica y tipológica, al ser separadas, no resta ya sino examinarlas, y es esto lo que vamos a adoptar, aunque presente sus inconvenientes. Reposa en un reagrupamiento temático, ordenado en torno a tres enunciados que dan título a las partes de la presente obra: "Los caminos de la historia", "En el fondo de las cosas", "Todo debe desaparecer”. Las facilidades de la crítica temática han conducido a extravíos que han terminado por desacreditar por completo la noción de "tema", a la que hoy en día no se le reconoce ninguna validez. Es esta noción la que nos proponemos rehabilitar, desplazando su campo de aplicación y modificando los principios de su funcionamiento. "Tema" debe entenderse en el sentido musical del término: lo que proponemos es mostrar cómo maneras de pensar literarias, que a primera vista lo separan todo, no tienen sin embargo nada que hacer sino proponer, a partir de tales temas, sus variaciones, que explotan de manera indefinidamente abierta sus diversas posibilidades.

Es así como Madame de Stael, George Sand y Raymond Queneau han seguido, cada uno a su manera, "los caminos de la historia", haciendo de la literatura una especie de máquina para explorar las sendas del devenir humano, en una perspectiva que sería por lo general la de una antropología. Víctor Hugo, George Bataille y Louis-Ferdinand Céline, al buscar un movimiento que penetre en el fondo de las cosas, dotaron la escritura literaria de una dimensión ontológica, según la forma específica de lo que se podría llamar una ontología negativa. En fin, el Marqués de Sade, Gustave Flanbert y Michel Foucault, a través de una reflexión sobre los problemas del estilo más o menos ligada a experiencias narrativas, bosquejaron los principios de una retórica que tiene el valor de un análisis general del pensamiento. Es como si pudiésemos encontrar, a partir de una lectura de textos literarios, los elementos de una lógica, de una física y de una ética, para recuperar categorías heredadas de la filosofía antigua. Tales serian las bases de una filosofía literaria: para terminar regresaremos a ellas.

Los "ejercicios" que siguen se deben "entender" entonces en el sentido de Czerny más que en el de Ignacio de Loyola. Las partes que organizan su estudio, en lugar de constituir los momentos sucesivos de una argumentación en tres puntos, deberían componer, a partir del desarrollo de los "temas" sobre lo que reposan, algo de análogo al desarrollo de una sonata o de una sinfonía, donde juegan efectos de resonancia y de eco, que hacen corresponder misteriosamente sus segmentos, para resaltar además su individualidad. Al hacer rimar Madame de Stael con Raymond Queneau, Víctor Hugo con Louis-Ferdinand Céline, y también, más indirectamente, George Bataille con Gustave Flaubert, o George Sand con el marqués de Sade, se conseguirá quizá esbozar, según las modalidades propias de una evocación sonora, con la disposición de sus sucesivos “movimientos”, el ritmo general de un pensamiento que no es ni filosófico ni literario, pues sería a la vez las dos cosas, tal como se dispersa y se concentra, se diluye y se recoge a lo largo de los textos cuyas tramas y márgenes son trabajadas por apuestas especulativas que condicionan históricamente su producción y su recepción. Según esta perspectiva, sería efectivamente posible dar una interpretación filosófica de la literatura: pero sería necesario que esta interpretación procediera a la manera como se ejecuta una partitura musical.

Escuchemos pues a la literatura hablar de filosofía.

Notas

(1) L. Wittgenstein, Vermschte Bemerkungen, trad. Francesa: G. Granel (Rermarques mêlèes), TER, 1984, p. 35. Esta observación tiene como fecha 1933 - 1934.
(2) Ibid, p. 52, nota de 1942.
(3) Ibid, p. 36, nota de 1936.
(4) J. Derrida, "La mytohologie blanche (La métaphore dans le texte philosophique)", en Poétique 5,1971, p.4. Texto reimpreso en Marges de la philosophie (Minuit, 1972). P. 254.
(5) I. Calvino, "Philosophie et Littérature". Artículo publicado en 1967 en el Suplemento literario de Times, traducción francesa en La machina Littéraire, Senil, 1984, p.37.
(6) D. Laêrce, Vies, doctrines et sentences des prudosophes illustres, traducción francesa de R. Genaille. Garnier - Flammanon. Nº 77, 1965, t. II, pp. 144s.
(7) Ibid, Garnier - Flammaarion. Nº 56, t. I. pp. 166-168.
(8) Platón, Felón, 60d-61c.
(9) Littérature et philosophie mélees, este titulo de un volumen publicado por V. Hugo en 1834, lo retomaron Ph. Lacoue- Labarthe y J.L. Nancy para colocarlo encabezando un número de Foenque (21/1975), consagrado precisamente a este "vinculo".
(10) Este momento se sitúa entre 1760, año en que Lessing empieza a publicar su revista Briefe die neueste Literatur betrerfend y 1800, que vio aparecer la obra de Madame de Stâel, De la littérature considereé dans ses rapports avec les institutions sociales. Sobre este aspecto, ver Scarpit, "Ladefinition de terme litterature", comunicación al lle. Congres de l'Association internationale de Litterature comparée (Utrecht. 1961).
(11) DDiderot, EntretIens Sur le fils naturel (1757), Troisieme Entretien, en Oeuvres complétes, ed. cronológica, t. III (Club francais du Livre, 1970), p. 198. Por lo demás, Diderot parece haber sido conducido por su concepción del genio a sostener la tesis del primado de la poesía sobre la filosofía: "La poesía supone un delirio del espíritu que se asemeja a la inspiración divina. Le llegan al poeta ideas profundas de las que ignora el principio y las consecuencias. Frutos de una larga meditación en el filósofo, se asombra de ello, y exclama: ¿Qué es lo que ha inspirado tanta sabiduría a esta especie de loco?' Réfutation suivie de l'oeuvre d'Helvetius intitulé L 'Homme, Oeuvres completes, Chronol., t. XI, Club francais du Livre, 1971, p.533.
(12) Kant, Cntique de la faculté de juger; par. 44, traducción francesa de Philonenko, Vrin, 1965. p. 136. Esta idea a la cual parecen hacer eco las reflexiones de Wittgenstein que transcribimos al comienzo, quizás consti- tuyó para Kant el punto de partida de su manera de pensar especulativa; ya está esbozada en ]a siguiente observación anexa a las Observaciones sobre el Sentimiento de lo bello y lo sublime de 1764: "El gusto incomoda a la inteligencia. Tengo que leer a Rousseau hasta que la belleza de la expresión no me perturbe más; sólo entonces puedo aprehenderlo con la razón" (traducción francesa de R. Kempi, Vrin, 1953, p. 65). Todos estos pasajes de Kant, y el siguiente, son citados en el estudio de J. L. Nancy, "Logodaedalus" (en Poetique, 21, 1975).
(13) I. Kant, Critique de la faculté de juger; op. cit. p. 140, par. 47.
(14) Esta modernidad es perfectamente ilustrada por la mitología del Libro ausente (o «por venir») que, desde los poetas y teóricos del Ateneo a Blanchot pasando por Mallarmé. conmemora la comunidad perdida de la literatura y de la filosofía.

 

Autor: 
Gao Xingjian
Número: