Colcha de retazos

I

Los lechos
tienen horizontes lejanos,
cimas vaporosas
y precipicios infames.

Almohada, sábana, cobija....
Entablado, armazón, respaldo...
Colchón...

Las semillas de la brevedad
germinan
en la pradera más intrincada
y extensa del planeta.

II

En la filigrana interminable
que los pliegues del espacio
tejen en las sábanas
-espirales de azahar,
toboganes de lino-
los cuerpos se buscan
aleteando como moscardones presos,
y de tanto buscarse
se extravían en el laberinto primordial.

Dando palos de ciego
se asoman con temeridad al abismo.

Caen los terrones
de caricias secas.

El Amor sostiene las parejas
antes de que caigan,
se precipiten,
rueden estruendosamente,
se levanten,
regresen a la pradera blanca,
y continúen buscándose
cegadas por el brillo del algodón.

¡Por los promontorios vacíos
se escucha el seco galope de los cuerpos
cuando en vano,
entre poniente y levante,
tratan de encontrar
las fronteras de las alcobas!

III

Desierto blanco
o selva florecida:
los acimuts lejanos
no se encuentran.

Por celosías y claraboyas,
por delgados tabiques de papel de arroz,
los delicados rayos del sol
atraviesan hasta las sábanas en penumbra.

En la noche,
es cueva de lobos
-siniestra-
o altar Báquico
-festivo-.

Desierto de organdí:
la noche va y viene
según el capricho de un interruptor
o el pesado mandato de las cortinas.

En su entablado
se han escrito las novelas del mundo.

Zarzas de adjetivos espinosos
lo coronan,
guirnaldas de adverbios tullidos
lo limitan.

Los flácidos almohadones
se ahogan
con el recuerdo de los fragorosos combates
librados en la meseta de Eros.

La Física
está en mora de investigar
sus campos de fuerza.

IV

Un enjambre de embriones
-con el delirio de hacer cama
en nuestra cama-
nos asedia.

Rastrean el nido,
pero una falange
de bisturíes rutilantes
los ahuyenta.

¡Su arrebato original
parece el hervor precoz
de un fulano de tal!

V

El relleno del colchón
es suelo fértil.

Los nervios de la cotidianidad,
como una cabellera de hilazas
hundieron sus raicillas
en el limo del somier
hasta que el cosechero despiadado,
como nabos podridos de lo maduros
los arrancó de un tironazo,
y por toda la alcoba
volaron las piñas de algodón.

¡Qué radiografía del espanto!

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Autor: 
Armando Ibarra
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