Mujeres

Autor: 
Carlos Mayolo
Número: 
Sección: 

e las mujeres he aprendido la ecuanimidad, la certeza y lo justo. A cada una le he dejado la inocencia y la sorpresa de entenderla. Creo que les he dado mucho porque siento que me ha quedado con todo lo de ellas y lo mío. He naufragado en el mar de lo femenino, me he reído con ellas hasta lo insaciable. Nunca me olvidaré de mí, habiendo pasado por todos los pedazos de piel que he tenido. Todas o solas me han engrandecido, se me han quedado todas como un rayo de amor. Me hicieron, me exigieron, me amaron como yo a ellas. Hoy las siento a todas juntas, con hijos, huyéndome, haciendo su vida propia sin mí. Yo aquí, reuniendo todos mis recuerdos y sensaciones, me siento rodeado de mis amores. No puedo hablar de ninguna en particular porque todas me dieron el temor a Dios. Fui feliz con todas, las distintas, las de siempre, las casadas, las cómplices. Siempre fue su piel un río a pleno sol, pero yo, sin saberlo, me fasciné con ellas. La más alta ternura la he conocido en cada una, centímetro de nuestra piel compartida, ojos, espaldas, codos, aeropuertos de vientres llenos de besos. Las hago cada vez más mías, las recuerdo a todas, no exactamente juntas, pero tampoco separadas. Ellas me dan y me dieron la capacidad de ser feliz, tengo sus sonrisas, tengo sus pieles, tengo sus dedos chiquitos de los pies. Podría enamorarme otra vez, pero estoy demasiado lleno de todas, no me dejan, las adoro y las tengo presentes. Son las mismas, fantasmas. Y lo desconocido siempre me lo dio una mujer. Yo nunca había entendido que lo entendieran a uno tanto. No sé cuál o quién fue la más dulce pero me enseñaron a saber de ellas con lágrimas húmedas. Fui entendiendo que son un sueño. Más allá de todo está su sensatez, su apacibilidad y la paz. Y como aprendí de todas, se convirtieron en todo lo contrario de mi hermana, que me exigió tanto. Mis mujeres aprendieron de mí a ser comprendidas, a ser esperadas a que se maquillaran, siempre buscando el brillo de lo posible.