Jean Follain

Follain nació en Canisy (Normandía), en 1903. Gozó de una niñez feliz rodeado de una naturaleza apacible en el seno de una familia de clase media tradicional que incluía abuelo-encidopedia de cuentos y leyendas. Las noticias de la primera guerra mundial llevaron por primera vez hasta su sensiblidad la resonancia real de la tragedia. Estudió en el mismo colegio donde enseñaba su padre y después cursó la carrera de Derecho. Se instaló en París, en 1925, para ejercer como abogado. Enamorado de aquella ciudad, cuyo plano se sabía de memoria antes de pisarla por primera vez, allí vivió el resto de sus días, incluso cuando, ejerciendo de juez en Charleville, se veía obligado a viajar continuamente. Le gustaba hacer largos viajes —a la India, a Senegal, a Perú—, pero el centro de su mundo era francés y parisino. Su carácter incluía, muy en primer plano, una curiosa mezcla de tímido y de bon vivant que se reflejaba tanto en una indumentaria casi de rancia etiqueta —se llegó a decir que era «majestuosamente feo»— como en su preferencia por los más tradicionales platos de la cocina francesa. Sirva como muestra una anécdota: cuando visitó Estados Unidos, en pleno desierto del Lejano Oeste, entró en un bar y pidió vino Beaujolais, y al oír que no tenían, protestó indignado y abandonó el local. Se jubiló anticipadamente para escribir, viajar y apuntarse a todos los banquetes posibles, y murió, a la salida de uno de ellos, en 1971, atropellado por un coche en pleno muelle de las Tullerías.

Tomado del prólogo del libro Espacio del instante (Icaria poesía) de Juan Follain, escrito por Pedro Provencio

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