Geraldino Brasil

Geraldino Brasil, seudónimo de Geraldo Lopes Ferreira, fue un poeta brasileño con más reconocimiento en Colombia que en su propio país. Llevó una vida discreta, dividiendo los días entre el trabajo en un despacho judicial, las responsabilidades familiares, y la escritura de su poesía. Publicó ocho libros -todos en ediciones baratas y casi siempre financiadas por él-, que no recibieron mayor atención por parte de los lectores y la crítica. Esa falta de reconocimiento no lo desalentó, pues escribir poesía era parte de su naturaleza, y no tenía tiempo para preocuparse por cuántos la leían. Sin embargo, un ejemplar de sus poemarios se abrió camino de manera misteriosa hasta Bogotá, y llegó al apartamento del poeta Jaime Jaramillo, quien, al leerlo, quedó prendado de él, y se dedicó a traducirlo y divulgarlo. De no haber sido por eso, es probable que la obra de Geraldino hubiera quedado ignorada, como las flores que el desierto cubre en su noche.
 
Geraldino empezó a escribir poesía sin darse cuenta. Nació en el campo, en un ingenio azucarero en el nordeste de Brasil, donde la tierra era generosa y se llamaba ‘Buena Alegría’. Allí creció y aprendió a mirar el mundo con la naturalidad y sencillez de lo que lo rodeaba. En ese lugar las cosas se dieron gratuitamente y comenzaron a construir mi poesía: el río, la vaca de leche, la oveja con su lana, una nube en que descendía la bondad del cielo: todo eso impregnó mi obra, dijo en la última entrevista que le hicieron, en junio de 1995, seis meses antes de morir.
 
En su juventud se trasladó a Recife, la quinta ciudad más grande de Brasil, donde estudió Derecho y vivió el resto de sus días. Allí publicó sus poemas iniciales, y fue entonces cuando decidió cambiar de nombre: Geraldino Brasil es seudónimo. Lo adopté porque resultó un homónimo mío, comerciante, que publicó una nota en el diario cuando yo firmé mis primeros poemas con el nombre de Geraldo Lopes Ferreira. En la nota decía que él era un hombre serio, de negocios, en ningún caso autor de poemas de amor. Comprendí entonces que le estaba creando problemas de celos en su casa y dificultades con sus clientes. Entonces decidí adoptar el seudónimo, le explicó a Jaime Jaramillo en una carta.
 
Era un hombre sencillo y jovial, que nunca se adaptó totalmente a los ritmos de la gran ciudad. No participaba de los eventos literarios, conservaba su distancia de los círculos de poetas, y nunca tomaba partido en las disputas que mantenían entre ellos. Prefería caminar las calles y saludar a los amigos entrañables, que eran pocos; visitar a su madre una vez al mes en una ciudad cercana; compartir tiempo con su familia; pasar las vacaciones en pequeñas poblaciones y playas solitarias; y, sobre todo, encerrarse en el estudio de la casa a escribir poemas o responder cartas. Tanto se concentraba en ese espacio, que una noche de lluvia torrencial, Beatriz, su hija, encontró a su madre escandalizada porque se estaba inundando la casa, y Geraldino, sentado escribiendo, no se había percatado de que el agua le cubría totalmente los pies.
 
Desde hace un par de años, Beatriz se ha dedicado a recuperar y difundir la obra de su padre en Brasil, y recuerda con cariño el momento en que llegó la primera carta de Jaramillo para darle un giro inesperado a la vida que llevaban en casa.
 

Fue en aquel mes de julio de 1979 que mi padre comenzó una nueva etapa. Él era entonces Procurador Federal, y recibió una carta de un tal Jaime Jaramillo Escobar, colombiano, que después supimos era poeta. Decía que había traducido al castellano el libro Poemas insólitos y desesperados, y que había publicado una muestra en el suplemento dominical del segundo diario en importancia de Colombia -El Espectador- con un tiraje de 200.000 ejemplares. También nos informaba que pronto iba a publicar el libro completo, para lo que necesitaba la autorización del poeta. (…)

A partir de esa fecha se consolidó una amistad de profunda estima entre ambos, que se extendió hasta la muerte de Geraldino Brasil en junio de 1996. A través de sus cartas se conocían, reían, conversaban, intercambiaban ideas (…). Se hicieron hermanos.

Desde entonces, nuestra familia no continuó siendo la misma. A la vida de cada uno de nosotros (mis padres, mi hermana Moema, y yo) se le sumó algo muy especial: la existencia de Jaime Jaramillo, esa extensión de nuestros corazones en Colombia.

 
Lentamente la obra de Geraldino ha ganado reconocimiento en Brasil, gracias a la atención que recibe en los países latinoamericanos, y en España, donde la editorial Pre-Textos publicó uno de sus libros traducido al castellano. Antonio Miranda, un destacado escritor brasileño, relata hasta qué punto llegó el desconocimiento de Geraldino en su país:
 
Siempre que iba a Colombia, mis amigos poetas me preguntaban por Geraldino Brasil. No tenía noticias de su existencia. En más de una visita, juraron que se trataba de un gran poeta. Busqué su obra en las librerías de Bogotá, Medellín y Pereira, pero estaba agotada. Se levantó entonces la hipótesis de que se trataba de un heterónimo del mismo Jaime Jaramillo Escobar. Sin embargo, luego descubrí un poema de Geraldino en un libro publicado en Pernambuco. Entonces se disolvió el misterio, aunque falta localizar y descubrir la obra de este poeta, merecedora de tanta admiración en los países vecinos.
 
Todavía es poco lo que se encuentra sobre Geraldino en Internet, ni siquiera tiene artículo en Wikipedia, y sólo una docena de páginas web contienen información sobre él. No obstante, su poesía sigue encontrando lectores que ya no la olvidan. Hace dos años se publicó en Recife una antología en portugués con poemas inéditos, y ahora Jaime Jaramillo vuelve a contribuir a su difusión compartiendo la correspondencia que mantuvieron desde 1979.
 
Fernando Monteiro, uno de sus amigos en Recife, evoca las palabras que le dijo Geraldino la última vez que lo vio, días antes de morir, cuando se cruzaron en un barrio de la ciudad: Usted sabe, Fernando, hay que creer con fe en la poesía.
 

Con esa frase resumió la actitud de su espíritu: estaba seguro de que la poesía era la mejor manera en que se realiza el encuentro entre los hombres, y dedicó toda su vida a demostrarlo. Aunque murió hace más de quince años, quedan sus palabras como testimonio de ese gesto de amistad y apertura. Queda esa voz, dulce como la tierra en que creció. Ya sea por sus cartas, o por sus poemas, el que lea a Geraldino Brasil podrá conversar con un hombre simple y bueno. Sólo por esa posibilidad vale la pena creer en la poesía.

Tomado de Tragaluz Editores

FotoAutor: 
Nacionalidad: