En favor del poetastro

Autor: 
Ramón López Velarde
Número: 
Sección: 

En Las falsas confidencias, Marivaux aconseja sembrar en todos los espíritus las sospechas que necesitamos. Una de estas sospechas necesarias es la que debemos provocar en el poetastro, induciéndole a que piense que lo juzgamos poeta. Cuando consigamos tal cosa, habremos respondido a una exigencia social y, qui­zá, hasta individual.

Sí para gustar de los bienes más deleitosos es requi­sito esencial que el contraste nos hiera, convengamos en que el poetastro es el útil reactivo de la poesía. ¿Podríamos vivir sin tedio si no hubiese mujeres feas? Y, sin riesgo de un grave desengaño, ¿podríamos com­prometernos a vivir sin fastidio en una ciudad en que no hubiese un plumista de ripios, de deformidades y de ridiculeces? Nuestra debilidad nos volvería insoportable el mundo de la belleza unánime.

Mi amigo Jacobo Palacios es, en mi conciencia, el reactivo de la poesía. Jacobo escribe. Pinta, esculpe. Como si dijéramos, un hermafrodita. Gasta unos clavos hasta el borde de la mandíbula y una amabili­dad oleaginosa. Su contacto se parece al de un papel en que se atrapan moscas. Jacobo me alcanzó una de estas noches por el Zócalo, mientras yo esperaba un tren. Me dijo por la centésima vez que su flaco son las hijas de Eva, que sus poemas llegan al rojo blanco y que Mahoma es su adoración. Me hizo el panegírico del divorcio. Por fin, me recitó una extensa versifi­cación en que se confunden lo libidinoso y lo empala­goso. Lo estimulé para ulteriores engendros, y se fue, con un balanceo irreprochable, como de pavo silvestre. Confieso que al caer sobre mí Jacobo, me echó a per­der las estrellas y el silencio y las torres de Catedral y la soledad; pero, a poco, caminando entre la miel abun­dante de sus versos, la tonada dulzona de Jacobo me devolvió el silencio y la Catedral, y su lujuria (que equivale a una mordida con dientes postizos) me resti­tuyó la soledad y las estrellas. Y todavía salí ganando, porque toda la inteligencia de su ser me hizo aquilatar la reserva aristocrática de la medianoche.

Que se sepa que abogo también por las señoras, señoritas y niñas que han sido arrastradas en el vórti­ce de la rima. Contribuyen con algo a que resalte Sor Juana y a que María Enriqueta se eleve en una escala de cumplidos respetos. ¿En qué momento el demonio lírico se coló por los cascos de aquella niña? ¿A qué hora sobrevino el síncope literario a la señora de H o de R? ¿Cómo fue que la señorita de don Pedro o de don Luís se sintió con músculo para una conferencia? Preguntamos impertinentes. Lo que interesa es que todas ellas sirvan para apretar la sombra en que nave­gan fúlgidamente los escasos nombres femeninos de nuestro arte.

Claro está que quien se metiese a arreglar la casa ajena podría decir estas o parecidas palabras: "Señor ingeniero; su esposa pone a usted en la picota. Con­fecciona sonetos, habla de reivindicaciones políticas, diserta sobre Rubén Darío... Y nada de esto puede explicarse por la histeria. Su esposa disfruta de una fisiología recomendable. Hágala usted que pon­ga punto en boca".

Mas, entonces, ¿no lucirán menos Sor Juana y María Enriqueta?